jueves, 29 de abril de 2010

Martín Guerrero Ortega

SIERRA DERRENGADA



VENIMOS desde el caserío del Ojo de Agua arrastrándonos como culebras, montados en estas dos mulas que de viejas se acalambran por el frío. Hace rato oímos el boludo de los militares, rondando la sierra; por eso nos escondimos en esta cueva enmarañada, donde ya ni los coyotes vienen; ha de ser porque se cuela el aire por todas partes, pero este hocico del diablo es nuestra única salvación.

-¿Y quién es el fulano ese? -le pregunté al Tanilo-, ¿pos qué diantres les hizo para que quieran matarlo como si fuera lagartijo?
-No conviene que sepas mucho, Tasajo, -me dijo casi al oído-, pero para que tomes precauciones te diré que es un pistolero de ciudad, de esos tipos al servicio de los entacuchados.
-¿Cuánto pagan?
-Cien de los grandes, Tasajo. ¿Cómo la ves? ¿Le entras? Dicen que nadie como tú para andar la sierra y que eres de palabra.
-No, pos sí, pa’ qué más que la verdad; aquí he vivido toda la vida, sí señor. Oye, Tanilo, pero esos perros que lo siguen son muy bravos y yo ya no estoy pa’ sustos ni carreras; debías de prestarme unos cuantos hombres…
-Pos de’so se trata, mi Tasajo, de pasar desapercibidos. Tú llévalo donde quedamos y allí te damos lo convenido.
-¿Vivo o muerto?
-¡Vivo o muerto, mi Tasajo! Nadie te culpará si el boludo les echa bala, pero lleva el encargo.

Y Tanilo se encogió de hombros, valiéndole poca cosa la vida de ese pobre diablo, herido como estaba de una pierna. Yo no juzgo a nadie, pa’ eso les pagan a otros; yo sólo cuido mis tierritas en medio de esta sierra derrengada que está cansada de producir. Pero no me parece mala persona, al contrario, nadie te regala nomás así cien verdes por cruzar por esta arboleda seca, sin agua y sin más ayuda que este viejo que habla.

Desde entonces la sierra es nuestro escondrijo; caminamos de noche y al amanecer nos refugiamos en las cuevas que conozco de otros días. Los pájaros nos avisan del boludo, ese no es problema, y los perros andan confundidos con mi yerbita, una planta dizque china que me regaló cierta vez un chamán; por eso nadie sabe nuestro rumbo.

-¡Tasajo!

No quise contestarle, ¿para qué? Sabía que la fiebre hablaba por él. La fiebre, en estos lugares lejos de Dios, es más mortal que el mismo balazo. La fiebre es un fuego que sube a la cabeza, hirviente como aceite, y tatema los sesos que encuentra debajo de la calentura; a veces el enfermo queda loco de remate, a veces sólo le trae la muerte. Yo lo sé de cierto por otros días, cuando me gustaba jugármela contra la ley, pero de aquello no quiero acordarme ahora.

-¡Tasajo jijo de la tiznada! ¿Qué no oyes que te hablo? ¡Aquí traigo dinero para que me saques vivo de aquí! -decía aquel infeliz sacudido por los sudores.

Cuando se quedó dormido me le acerqué. No fuera a ser que deveras me hablara como buena persona. Busqué en vano entre sus ropas, pero no traía nada, ni siquiera alguna foto de familia como deben cargarla los hombres de bien. Entonces le bajé un poco la camisa y me di cuenta.

Los pellejos de mis manos entumidas como nieve seca deben haber profanado su letargo, porque hasta respingó sacando la cabeza fuera de la cobija. Parecía que le faltaba aire, pero cómo no si el viento andaba lurio, galopando endemoniado por toda la pendiente.

-¡Qué jijos de la tiznada buscas, Tasajo! Se te está pagando para que me lleves a Río Verde, no para que metas mano en lo que llevo.
-¡Oh, pos usted perdone, amigo! Es que con la fiebre que trae, pos la mera verdad quise que se aireara un poco, a ver si se le baja de ese modo.
-Sí pues, Tasajo; eso debe haber sido.

Entonces metió la mano al seno y sacó otros billetes, tantos que no pude contarlos; era un verde como de hojas secas, agrietadas por el vaho del estío; un verde muerto para la esperanza de los campesinos de esta sierra, pero un verde lujuria para los ambiciosos. Luego comprendí el objeto de desvelo de tanto mojado muerto de hambre, el motivo misterioso de su trajinar y motor de su pesadilla; todo por un sueño lejano, tan lejos quizá como Río Verde; eso que le dicen dizque el sueño americano.

-Tasajo…

Levanté la cabeza que se me había caído a la vista del montón de dinero. Enseguida vi el cañón tenebroso de su pistola; primero la puso en mi ojo izquierdo, después la fue resbalando hacia mi boca. Yo sentía que tenía dos lenguas y la espalda me sudaba como rocío de mañanita. Eso de tener tanta lengua es horrible, es mejor tener siempre una, pero bien guardada. Supe que metí la pata al menospreciar al tipo que me tenía a merced.

-Mira, Tasajo, ya basta de tanta alharaca. Estás en un entronque y tienes dos caminos: uno, me curas esta pierna baleada y te ganas el dinero que te di; dos, aquí mismo te mueres, ¿qué dices?

El matón hablaba sereno, con la voz entera. No se andaba por las ramas y yo, pos sólo sé de tierritas y unos cuantos animalitos para engañar el hambre. Antes no era así, pero eran otros tiempos. Yo también tenía mi fama; algunos decían que parecía de esos gatilleros del oeste por mi velocidad y certeza con las dos pistolas que me cargaba. Odio hablar de eso porque luego me acuerdo de la muerte de mi esposa; pobrecita, le tocó la de malas en ese día tan desafortunado.

-De acuerdo, señor; yo lo curo y lo llevo al Río Verde, como quedamos. Nomás quite de mi vista ese cuete que me pone nervioso. Yo no sé de armas, mi amigo; mi sapiencia está en esta sierra larga y seca como trompa de elefante.
-Bien por ti, Tasajo; acuérdate, tenemos un trato.

Los días se sucedieron con lentitud; por las noches el frío era intenso: nos faltaban mantas para abrigarnos. El herido, que dijo llamarse Matías, creo que sólo por tener un nombre, acabó acostumbrándose a comer raíces y animalillos que caían de cuando en cuando en las trampas. No encendíamos lumbre a ninguna hora; era menester no llamar la atención al comando que nos pisaba los talones. Los emplastos de yerbas que le aplicaba, junto con medicinas que compré en el Ojo de Agua, parecían ir mermando la infección. Yo sólo salía de la cueva a dar pienso a las mulas, a revisar mis trampas y a buscar raíces y plantas silvestres para la tragadera. Muchas veces quise desertar, pero soy de palabra y, además, el trato con el Matías era entre hombres.

A los dos meses todo fue diferente. El Matías volvió a caminar y se volvió un desgraciado, como espina de mala mujer. Creo que siempre fue así, pero a mí me tocó conocerlo con la pierna doblada por un plomazo. A cada rato sentía su pistola apuntándome el cogote y eso me tenía confundido. Ya dije que soy un hombre de campo y de otras cosas ni acordarse vale la pena. Eso mero dije. La caminata siguió su curso sin mayores tropiezos.

AQUELLA mañana las nubes se levantaron coloradas. No sé por qué los trinos de los pájaros sonaron tristes en las ramas cercanas. Yo no sé de esas tristezas. Quizá se acostumbraron a la fogata que encendí antes del alba; el Matías ni se enteró porque mis yerbas no fallan. Ahora sé que no debe uno precipitarse cuando se huele con el corazón la libertad. Caminábamos bordeando la barranca cuando la sombra del boludo nos alcanzó; yo tiré un balazo cerca de las mulas que corrieron asustadas hacia el llano, y me dejé rodar en la profundidad del despeñadero, sintiendo la alfombra de hojarasca seca rasparse en mi espalda. Las piedras sueltas no me preocupaban; tampoco el hombre que corría al encuentro de la lluvia de balas; pero mientras bajaba a toda velocidad la pendiente, mi mano derecha se había transfigurado en una garra terrible, atenazando el pañuelo que ocultaba el pequeño bulto que los entacuchados habían pegado con cinta adhesiva en la cintura del Matías.

-Si el pistolero no llega vivo a Río Verde, -había dicho el Tanilo- quítale el enredijo del pañuelo rojo; eso es lo que esperan allá. No te compadezcas de un asesino, Tasajo; lo que esperan es el paquete, ese es el verdadero encargo.

El boludo se entretuvo con el Matías. Cuando los pájaros rompieron el silencio con sus aleteos temerosos, anunciando la embestida de la libélula de aluminio, yo me encontraba a resguardo en otra cueva; ésta no era natural, la habíamos cavado a través del complejo montañoso en mis tiempos de gavillero, para escapar de nuestros perseguidores. Así que, aunque caminando, puse distancia de por medio. Me tardé una semana más en llegar al Río Verde, allí le entregué a un tal Eleodoro Payán el encargo y le conté mi versión de lo sucedido.

-Pues estamos a mano, Tasajo. Así como me lo platicas, así mero era el plan de Tanilo. Qué lástima que fueran sorprendidos por el boludo y no hayas tenido oportunidad de vengarte los malos tratos de Matías.
-Sí, qué lástima.

AHORA que lo recuerdo, el tal Eleodoro tenía una sonrisa maliciosa, de esas que no caben en el rostro. Creo que sabe bien lo que sucedió allí en esa sierra derrengada, pero no me gusta perder el tiempo en conjeturas, ésas son cosas de otros; lo mío son estas hectáreas de frijolares y las reses que se la pasan rumiando en los corralones. Ora hasta de mujer me hice, pues la bendición del cielo no parece detenerse para un buen hombre. Quizá alguna vez les cuente de otros días, cuando la justicia me traía al trote, apeñuscándome en las paredes de aquella sierra muerta.



BÉBEME EN TU CAFÉ


Nos amamos
en tantas madrugadas
con el corazón amanecido,
fundidos, entremezclados,
como taza de café,
vaporosa, derramante.

Nos caminamos
ágiles codos en cautiverio,
como bestias;
rodeándonos,
mordiéndonos con gula,
exprimidos de placer.

Y nos desprendemos
con tirones de piel visitada,
negándose,
ocultándose al desgarramiento
y a la saña del olvido,
muriéndonos,
sepultándonos con promesas.


MIENTRAS LLEGA EL AMANECER


Noche de espejos,
me contemplo solitario
sin nidos ni pájaros en arboleda,
cuánta mirada persecutoria
gorjea destellos de palabras,
cuánto silencio
en lunas de agonía.

Capricornio desenreda una burbuja de penumbras,
las guitarras mueren detrás del estallido.

Campanadas de recuerdos
tañen el misterio,
la soledad exuda mutismo.
¿De qué te quejas?
El abandono devora entrañas
como cuervo lapidario.
La oscuridad es olvido,
despojo de universos,
dislocación de sistemas.

Noche sedienta de vida
aunque dolorosa,
trasmutada fisonomía de vacuidades;
pasos sin memoria
huyendo al amanecer
en cada rinconada de lágrimas.


NOSTALGIAS




La noche se quedó dormida en la mecedora.

Mientras,
los libros se tornan oscuros de tanta mirada
sobre su lomo.

Ellos, como la noche, se leen con las gafas del alma,
los oscurece la muerte
y renacen en el árbol de otro lector.

Pero esta noche no tiene perros con qué ladrarse,
los sonidos se fueron
con el amanecer.

Fui a pescar estrellas, cuidando no atrapar dioses,
porque escurren de las manos
cuando los buscas.

La noche sigue fría,
tiritando versos de desvelo,
pero parpadea soñolienta
sabiéndose universo.


PLANTACIÓN DEL PADRE AUSENTE



Planté un árbol,
espera enrramada meciendo su aroma en mis huesos,
raíces de pan mojado en veletas
y sombras de fiesta
en alfombras cadavéricas del ayer.

Cada temporada desnuda hojas,
y novicios brotes
retozan en jardines de columpios frutecidos.
El sembrador no existe ya,
pero en casa respira una habitación
con retratos de evanescencia,
y orquídeas para no olvidar.

Planté un árbol,
¡quién dijera que en esas recámaras de paternidad
hora tras hora me plantaba yo mismo!


REMORDIMIENTO



Afuera es invierno
en cada hoja
donde escurre el copo.
Temblor de luciérnagas
desperdigándose granizo.
Desolación de pétalos
y, a veces,
melancolía.

Dentro ocurren marejadas
elevándose
en rituales suicidas.
Voces de la piel
alargada, constreñida
en un poro fermentado,
licor de semen.

La arruga de sábanas ecuatoriales
cansa,
seca el intelecto.
Prefiero escuchar el frío,
oler su nostalgia con ojos mudos
y, después,
arrojarme al hueco de Vulcano,
domeñar la brutalidad de olores
corrompiéndose,
agitando estrellas como avispas histéricas,
desgajadas,
las que anuncian la segunda muerte
y estallan sumergidas en la poza.

Desbordar el río que hierve dentro,
tragarme de golpe el mundo,
precipitado, enloquecido…
sin pensar.


RESURRECCIONES


Yo, mis padres y paisanos bebíamos el té en los jardines.
Resucitamos como muertos.
Allá la ciudad no sabe de lloviznas.

Fuimos arrancados y vendidos entre esclavos, los que no saben.

Yo y mis paisanos dimos al paisaje nuestra sombra para apagar el sol.
Viene un sombrero y nos mutila
silbando a los pájaros de fuego que son nuestros.

Yo y mis padres estamos muertos,
los pecados nos condenan a arder en purgatorios de adobe,
mis paisanos respiran el cielo de aguaceros y ríos.
¡Vencimos la muerte con el sabor del fruto!

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