jueves, 29 de abril de 2010

Lizeth Mancinas

Bar en el horizonte

Cuentan los dioses y las diosas que cuando la Tierra era niña, la joven Noche vio por vez primera al galante Febo. La noche no pudo resistir esa mirada de fuego que entibiaba su oscuridad. Y Él, a su vez, no pudo resistir el lúgubre enigma de esos ojos oscuros, penetrantes.

La chispa se encendió entre el par de enamorados. Los rayos incandescentes del astro- soberano envolvieron a la bella Oscuridad en una lujuria incontrolable. La noche desanudó su manto negro dejándolo deslizar por su piel morena y llena de placer, en forma de esfera, se fusionó con el corazón ardiente del Sol…

El padre Cielo se enteró de la unión gracias a Mercurio, quien pregonaba en todo el orbe que Noche estaba embarazada. Que cargaba en su vientre un fruto solar. La furia del firmamento desató una tormenta eléctrica, pues no quería ver a su ensombrecida hija más triste de lo que casi siempre estaba.

Como el patriarca celestial era partidario de la justicia, buscó al Sol para hablar seriamente con él. Y éste, con toda nobleza, pidió al Cielo la mano de su hija Noche. Una acción brillante para el beneplácito de su futuro suegro, quien en el azul de su corazón deseaba un nieto, pero jamás pensó que tal regalo viniera de la más triste de sus hijas y el más radiante de los astros.

Después de un matrimonio universal celebrado en el salón “La Eternidad”, los recién casados con ansia esperaban el nacimiento de su primogénito.

La Noche dió a luz una hermosa niña, quien abrió los ojos aluzando el espacio infinito. Su abuelo la tomó entre sus brazos y con lágrimas que provocaron una tupida lluvia, la llamó Luna.

Después del nacimiento de su hija, fue difícil para el Sol y la Noche permanecer juntos, pues cuando el jefe de la familia solar regresaba de sus labores, su noctámbula esposa siempre dormía. Y cuando Febo se marchaba a alumbrar el cosmos, apenas le alcanzaba el tiempo para darle un beso de despedida a su plenilunia hija.

La Noche y la Luna procuraban ver, hablar, convivir con la estrellita de sus vidas, pero el Sol siempre estaba ocupado en otro lado. La melancólica sombra estaba consciente de la causa; así que aceptaba la distancia del amado con negra resignación. En cambio, la pálida primogénita se sentía alejada y rechazada por su radiante padre. Tenía la terrible sensación de abandono a tal grado que empezó a padecer psicosis.

Nunca se sabía qué esperar de Luna: a veces solitaria, otras veces radiante y otras tantas misteriosa. Lo cual despertó desvelo en su nocherniega madre, quien siempre estaba presta para consolar a su lunática hija; sin embargo, ésta no dejaba de mostrar melancolía y ausencia en su mirada.

Cierta vez, Luna se sumergió en una honda depresión. Se encerró en su “cuarto” sin deseos de nada, ni de alimentarse. Deseaba “menguar” su luz hasta desaparecer. Su madre, asustada, no sabía qué hacer, y fue ésta la primera vez que buscó al Sol en su trabajo, provocando un tremendo eclipse…

Noche encontró a Sol en su hora de descanso. Oculto tras las nubes, se fumaba un cigarrillo con su amigo Marte. “Tenemos que hablar”, exclamó la apesadumbrada Noche dirigiéndose a su marido. Mientras que con lágrimas le relataba lo sucedido, su amado Febo la escuchaba atentamente.

Después de mucho dialogar, al Astro Rey le surgió una idea luminosa.La maternal sombra regresó a casa llena de júbilo y tocó a la puerta de su hija con la firme convicción de tener la solución para la melancolía lunar: Le propuso que ambas pusieran un negocio, su magnánimo padre apoyaba la idea.

Quien sabe con que artilugios logró la Noche convencer a su hija, pero ésta salió de sus aposentos y “llena” de entusiasmo puso manos a la obra. Ambas, Noche y Luna inauguraron un bar en el horizonte: jamás se imaginaron que el lugar tendría tanto éxito.

Se convirtió en un punto de reunión de miles de estrellas, las cuales acudían a titilar. Meteoritos de los cuatro rumbos del universo iban a buscar un poco de diversión. La banda “Puntos Cardinales” amenizaba siempre la convivencia astral. Tocaban melodías como “La brújula” y “Oriéntame”, las cuales pronto se convirtieron en grandes éxitos.

El mar era uno de los clientes “VIP”. A veces era divertido, pero en ocasiones tomaba demasiado “Tibu Ron”y se le subía la marea, entonces causaba tremendo alboroto. Luna se veía a obligada a llamar a Neptuno para que se lo llevara a descansar.

Y bueno, es en este antro donde Amor y Razón se conocieron. Ojalá este encuentro hubiera sido mas romántico que el del Sol y la Noche, pero sólo la Vida podrá juzgar, yo solo relato lo que escuché de las Diosas y los Dioses.

Resulta que Razón siendo mucho mayor en edad que Amor, nunca salía a divertirse, prefería quedarse en su casa gris leyendo y practicando las Bellas Artes. Para nada le interesaba bailar o embriagarse. Cosas a su parecer demasiado absurdas y fútiles.

En cambio Amor, era un adolescente encantador, curioso, aventurero, siempre en busca de novedades.

Fue un momento extraño, de esos fabricados por el azar, en que la Razón se sintió atraída hacia aquel bar en el confín del universo. Nunca se imaginó encontrarse con Amor…

La reflexiva Razón estaba sentada frente a la barra en un banquito de birlocha. Las estrellas fugaces bailaban. La música ensordecía los oídos de Razón, quien se sintió tan agobiada por la muchedumbre y decidió beber para calmarse. Ordenó una “Idea en la Rocas” y tomó asiento dando la espalda a la fiesta. Traía una cara de aburrición que daban ganas de lanzarla del lugar por aguafiestas. Ni los Meteoritos, generalmente de esencia pesada, estaban tan aburridos.

Nuestra amiga Razón, de lentes y cabello relamido le daba sorbos a la bebida haciendo gestos al degustar el sabor. Quizás estaba tratando de descubrir cada uno de los ingredientes del brebaje. Se preguntaba cómo y por qué se había animado a ir a ese antro de mala muerte por demás caótico, absurdo e insoportablemente ruidoso.

En ese instante, sus pensamientos fueron interrumpidos de manera abrupta por los gritos de un torpe mozalbete que pedía al barman una copa de “Damiana”. El fulano al caercarse a la barra, accidentalmente dio un puntapié a la Razón, la cual, molesta, mostró un gesto de apatía.

El alegre mozo dijo: “Pido disculpas, bella dama”, pero la Razón dejando su usual amabilidad, torciendo la boca contestó: “¡Tarado!”. A lo que el joven respondió: “No, mi nombre es Amor” y se inclinó para darle un beso en la mejilla.

A estas alturas ella echaba lumbre del coraje, pero el mareado Amor interpretó sus gestos como señales de conquista. Seguro esa mujer le coqueteaba, pensó. No le extrañaba, pues siempre causaba ese efecto. Así que pese a los rudos argumentos de la Razón para apartarlo de su vista, el Amor se le pegaba con insistencia.

Se sentó junto a ella a conversar. Viendo las circunstancias, la Razón por educada, decidió soportar al Amor con su cara de idiota. Comenzó a tomar rápidamente, como tratando de sacar fuerza de voluntad en alcohol.

Ella siempre media las cosas, sabia hasta donde dejar de tomar. Pero esta vez estaba sedienta y padecía una sequedad en la garganta a causa de dialogar con quienes la solicitaran; además estaba de mal humor.

Unas copitas después, el Amor era su amigo, su hermano, su padre y hasta su madre, pues en verdad era apuesto aquél mozuelo llamado Amor. Ambos decidieron ir a la pista, donde bailaron y hasta cantaron karaoke. Mas aquí entre nosotros, la Razón tiene dos pies izquierdos, además es terriblemente desafinada. Algo que al joven Amor no le importó. Es más, ni cuenta se dio; menos después de varias botellas de “Damiana”, cuando ya nadie piensa, ni siquiera la Razón.

El par de hermosos jóvenes caminaban entre luces tomados de la mano cuando salieron de “Horizonte” y se dirigieron a casa de Amor. Fue lo único que recordaba la lógica muchacha de lentes y pelo relamido cuando fue atropellada por la luz del día. Una cefalea chapoteaba en su cerebro disolviendo su mirada. Fuego recorrió sus venas al ver que llegaba el Amor con el desayuno preparado. Entonces ella se supo desnuda en el lecho del atrevido muchacho.

Se levantó del tálamo, pero antes tuvo que romper cadenas que la ataban a la almohada. Con la mayor frialdad del mundo y agarrándose la cabeza gritaba que había sido un error; entonces salió huyendo por la ventana, jurando no mencionar jamás el asqueroso incidente.

La Razón deseo morir cuando después se enteró que llevaba en su vientre el fruto del Amor. Decidió dar a luz en secreto, sin importarle lo que pensara el Amor. Con el Dr. Neptuno como testigo, la adolorida Razón concibió su primogénito llamándolo Hombre.

Al principio ella y su hijo vivían en Orion, todo era dicha para ella y su hijo. Pero al pasar el tiempo el hombre comenzó a hacer preguntas acerca de su padre. Ella respondía con evasivas, con sarcasmo, con dudas; mas tarde o temprano, Hombre sintió imperante necesidad de conocer su origen. La práctica madre lo reprendía fuertemente, pues nunca le diría quién era su padre. Sin querer, cada vez más entristecía a su hijo, quien anidaba un enorme vacío en el corazón.

Cierta vez Hombre salió a caminar para despejar la melancolía que le enfermaba. En su jornada decidió descansar en la Tierra. Se sentó en una roca y por primera vez lloró de soledad. Anhelaba conocer a su padre, pero sólo surgían cuestiones sobre cuestiones. Sentía una rasgadura en el pecho que su madre jamás podría sanar.

Noche, silente, observaba lo ocurrido. Sintió compasión en lo más oscuro de sus entrañas. Por lo que le pidió a su hija Luna que iluminara al hombre para que pudiera ver a la Sra. Sabiduría, quien en forma de búho pasaba detrás de él. Fue ella quien con sus grandes alas lo cobijó, confesándole que su padre se llamaba Amor y estaba esperándolo con los brazos abiertos. Y él también anhelaba encontrarse con su hijo.

En ese instante un enviado de su madre la Razón, apareció para decirle que ella estaba sumamente enferma, preocupada por su hijo; si decidía conocer a su padre ella moriría. Debía decidir entre su madre, Razón y su padre, Amor. El nombre del mensajero es Temor.

La sabiduría intentó convencer a Hombre de que ambos podían ser amados por igual, aunque al adoptarlos conjuntamente parezca surgir el caos, finalmente los padres bendicen a su hijo por igual.

Pero el hombre no escuchaba a Sabiduría, el miedo de perder a su madre logró que el Hombre dejara de buscar a su padre. Pero Luna decidió ayudar a Hombre; nadie como ella entendía de soledad. Luna sin su padre Sol, sólo seria una roca gris con agujeros; tal como el hombre sentía los huesos.

La pálida dama mandó un rayo que, al tocar la tierra, se convirtió en un alcatraz. De sus pétalos surgió una ninfa por nombre Mujer, con la misión de iluminar el camino de Hombre en su encuentro con Amor. Una epifanía de cabellos largos para el hijo de la Razón. Por desgracia las cosas no resultaron simples.

¡Ay olvido! ¿Por que también la Mujer olvidó quién es? ¿Acaso la Razón es mas fuerte? Mujer, estas en la tierra en bien del Amor y preferiste vencerte ante las necedades del Hombre. Cuánta tristeza debe sentir la Luna al ver a su hija opacada, silenciosa, sumisa. Tapando su desnudez con vergüenza. Dejándose llevar entre juegos mentales del Hombre quien somete, castiga y teme al Amor.

Mujer, ¿Qué no sabes que tienes la fuerza del abuelo Sol? El Amor es tu aliado, es a él a quien debes respeto.

Hombre, ¿Acaso olvidaste que tu padre es Amor y Razón te hereda el poder, mas no la fuerza?

Quizá por eso en noches de mucha aflicción, cuando el vacío se torna insufrible. Hombre y Mujer alzan sus rostros y con ojos llorosos contemplan a Luna. Le cantan, le hacen poemas, como buscando una oscura verdad.

Imploramos al destino que interceda para que la hija Luna y el hijo de la Razón aprendan a reconocerse a si mismos. Para que Razón y amor sean un dúo en la búsqueda de la felicidad. Hijas Luna que brillen hermosas por muy oscura que sea la noche y apoyen al Hombre en su búsqueda milenaria.

La Luna sigue gritando sin ser escuchada y la Sabiduría y la Razón continúan inadvertidas.

Sólo habrá hijos felices cuando honren a sus Padres. Que el hombre se reconozca como Amor y la Mujer como un ser de Luz. Dos felices comensales en el bufete de la Vida.


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