SOBRE EL DAÑO QUE CAUSA LA SOLEDAD.
(El personaje entra elegantemente vestido y se para en el pódium.)
Me han recomendado, como una actividad terapéutica, preparar una conferencia acerca de los daños que causa la soledad. Supongo que las conferencias sobre adicciones están demasiado gastadas.
La cosa con el tabaco es muy sencilla, se deja o no se deja, se exhala o se retiene en el organismo esperando que el fuego purifique el alma, al final del día, si ya no sale humo de tu organismo no debes de preocuparte, o has dejado el tabaco o estás muerto. De cualquier manera el asunto ha quedado resuelto.
Los doctores en este hospital me llenan de diferentes drogas, tranquilizantes, estimulantes, los primeros temprano en la mañana y los segundos tarde en la noche, además, el psiquiatra me recomendó fumar en la última sesión que tuvimos, la idea fundamental es que sentir esa humeante consistencia correr dentro de mi cuerpo me va a dar más ganas de vivir. Los doctores siempre tienen métodos que uno no entiende, justo después me pidió que preparara para ustedes una conferencia sobre el daño que causa la soledad.
(Comienza a leer unas notas que tiene en una bolsa del saco)
De alguna manera considero que todos, por el hecho de pertenecer a la especie humana, somos expertos en materia de soledad… usted ahí sentado me va a venir a decir que nunca se ha sentido solo, que ha venido a ver a un loco en un manicomio dar una plática de soledad porque en su casa no había luz, o porque el capítulo de hoy de su programa favorito es repetido así que fue mejor optar por venir a ver el circo por un rato. Se me olvida, además de expertos en soledad, también somos expertos en la mentira sofisticada y el autoengaño.
Autoengaño, se me olvida que, según el doctor, no debo de utilizar términos que me transporten a mí mismo, nada que sea introspectivo, todo debe de ser para ustedes, externo, dirigido al público que es una tercera persona, un juez que no sea yo mismo, para así, lograr salir de mi soledad y entrar en contacto con la realidad colectiva.
Hubiera sido más sencilla la encomienda de una conferencia sobre el daño que causa el tabaco.
Lo siento doctor, nunca he sido bueno siguiendo notas, ni siquiera siendo yo el que las escribe. (Se dirige a una persona en el público y le da las notas) Tome, seguramente cuando lo internen en esta institución le será más fácil preparar una conferencia. No se sienta mal, todos deberíamos de estar internados en el manicomio una vez en la vida, es algo normal, como una cuota que se paga por vivir, la gente acostumbra alarmarse por nada, yo se lo atribuyo a que sus vidas son muy aburridas y necesitan algo de emoción.
Si fuéramos más sensatos se cambiaría lo que se dice de manera vulgar acerca de la misión del hombre en esta vida… nacer, crecer, entrar a un manicomio, reproducirse, estar un rato en la cárcel y morir… leer un libro, tener un hijo, pasarte algunos veranos en la casa de la risa, para salir a plantar un árbol y entonces tener la ilusión de que tu vida es pacífica, y que después de haber vivido en desgracia, al final todo está bien. Eso sería más realista, pero como ya dije, somos expertos en la mentira sofisticada para hacer todo más agradable.
Discúlpenme, es inevitable que parezca que hablo conmigo mismo, pero no por eso pienso que deje de tener razón, en la visión general de la vida siempre se trata de evitar la desgracia, si decimos que no existe entonces tal vez deje de estar ahí, si negamos el hecho de la soledad entonces nos será posible sentirnos menos solos, reemplazar las voces que en la noche te producen los estimulantes en la cabeza por una célebre plática para un auditorio muy respetable, no sin aprovecharte para decirles cosas que no quieren oír.
Antes de internarme de manera voluntaria en esta casa de verano, yo era un respetable contador, economista, matemático, estadista, auditor o algo así. Recuerdo perfectamente el sol entrando por la ventana de mi estudio, iluminando una libreta grande de cuero llena de números, en ocasiones era un pizarrón con ecuaciones… mi memoria no es tan clara.
Recuerdo sin embargo con toda la lucidez posible, la mañana del 10 de abril de hace un par de años, estaba en el estudio frente a una de esas gigantescas libretas de cuero llenas de números, mi panza estaba hirviente con el café de la mañana y el humo del tabaco se mezclaba con el polvo de la calle y se fundían humo y polvo en uno mismo, este acto inigualable de amor sólo podía contemplarse gracias al patrocinio del sol de la mañana.
Al contemplar tanto romanticismo en un espacio tan pequeño me empecé a volver loco, Dios era capaz de pintar un cuadro matutino con escasos elementos, de lograr la belleza de una manera tan simple, y a mi lo único que me quedaba por hacer el resto de la vida era quedarme en mi estudio mirando números aburridos. Estaba seguro que si no hacia algo me iba a desquiciar… escuchar esta historia de un interno en un manicomio debe parecer jocoso, pero aunque no lo crean entrar aquí fue un acto de extrema cordura.
Empecé a dar vueltas aceleradas en mi silla de oficina, la hice el centro del universo, me fundí con ella hasta que todo el estudio comenzó a girar y yo dejé de moverme. Con el cigarrillo en la boca echaba humeantes risotadas que eran una absoluta falta de respeto a los grandes libros de cuero y a toda mi rutina diaria de muerte.
Convertido desde ese momento en una especie de niño, con una felicidad e irreverencia fundadas en la nada, o en la simpleza de todo, por primera vez miré a la gran ventana del estudio y pude contemplar el hermoso parque que siempre había estado ahí, pero que hasta ese momento, no había sido para mí más que un accesorio de la colonia en donde vivíamos los vecinos más aburridos y acaudalados de la ciudad. Todos éramos iguales, solemnes, responsables, formales y un poco suicidas. Me sentí feliz de no ser uno de ellos, al menos por ese instante.
Sin moverme de la ventana de mi estudio lleno de humo, sol, polvo y risa, caminé por todo el parque explorando todas la pequeñas veredas con una visión de superhéroe, lo veía todo desde un punto superior y no existía el tiempo, me metía en cada vereda para salir por encima volando hasta que me volvía a ver a mí mismo parado en la ventana con una sonrisa que me era desconocida.
Aprendí con la práctica a deshacerme de mis condiciones humanas, el espacio-tiempo ya no importaba en esa nueva realidad, me desplazaba con velocidad por ese parque, riéndome del destino del resto de esos seres vivos condenados a la densidad, yo ya no era denso, ni vecino, ni solemne, ni encargado de números, ahora era un pez volador que pasaba las mañanas merodeando en mi nueva felicidad acuosa.
Volar, como toda actividad, es una cuestión de disciplina, de perfeccionar el método. Todas las mañanas repetía el procedimiento de manera cada vez más precisa, primero, esperar a que el sol pintara su cuadro de mañana hecho de humo y polvo, luego hacer girar la silla entre risotadas frenéticas para dedicar entonces varias horas a nadar por el parque sin moverme de mi ventana. Ser feliz.
En uno de mis vuelos rutinarios en que nadaba pacíficamente entre los algodones de azúcar, la señora que vendía violetas en la esquina y los niños que eran alcanzados por sus padres para no ser arrollados por un automóvil inoportuno, algo captó mi atención, no tuve otra opción más que detenerme. Una mujer con sombrero de pluma y guantes largos agitaba su abanico, sonrió al plasma que yo era para luego preguntarme qué hacia merodeando en su cabeza.
Me detuve un tanto asustado, nadie me había interrumpido antes mientras volaba, traté de responderle pero supongo que no podía escucharme porque no hizo más que seguir sonriendo. El magnetismo que ella ejercía sobre mi ser era algo indescriptible, y desde entonces sólo volé para poder encontrarla sentada en esa banca con su sombrero, meneando el abanico de guantes largos. Desde entonces hemos sido amantes.
Pasaron así años, meses u horas, en realidad no sé. Las excursiones al parque se fueron haciendo más lánguidas, mi consistencia fantasmagórica se iba debilitando cada vez más, ella seguía estando ahí tan majestosa como la primera vez, pero yo no, yo me iba diluyendo en el viento. Diluido regresaba a mi ventana con el día casi muerto, para dormir sólo un par de horas y tratar de no ser el dolor de cabeza en el que entonces me convertía.
No he usado otra ropa desde la primera vez que la encontré, no lo sabia, pero creo que en algún momento dejé de comer, me di cuenta de esto el día en que no fui capaz de despegar de mi estudio. Me sentía débil, sólo podía ver ese enorme libro de números que amenazaba mi nueva forma de existencia. Entonces supe que algo no estaba del todo bien.
Cuando llegué me diagnosticaron una anemia severa y exceso de soledad. Jamás había escuchado algo similar…exceso de soledad, ya les dije que los doctores son gente complicada y nadie los entiende, sin embargo puedo deducir, por el diagnóstico, que me consideran un experto para estar el día de hoy ante ustedes y hablarles del tema.
Les confieso que lo que más deseo es curarme, tener la fuerza para volver a vivir, encontrarme en mi estudio en la mañana y aventar por esa enorme ventana el libro, el pizarrón, este traje barato, para así disponerme a reír y volar junto a mi hermosa amada de sombrero de plumas.
Esta convalecencia, esta soledad socializante me ha hecho mucho daño, pero ya saldré de aquí, por lo pronto he cumplido con el absurdo requisito de darles una conferencia acerca del daño que causa la soledad, y ya me voy. Para esta hora sirven un puré de papas que es espantoso, pero cualquier cosa es buena si sirve como gasolina para luego poder volar. Nadie me va a tomar a mal que me retire, de cualquier manera este auditorio está vacio, y ninguno de ustedes me ha escuchado.
(El personaje tira el pódium al suelo y sale. Obscuro final.)
jueves, 29 de abril de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario