jueves, 29 de abril de 2010

Federico Chacón

Póker y Cocaína



Fueron los claveles de vino amargo empotrados en mi mente
fueron las cartas destellantes sobre aquel fatuo cigarro
fue aquella mano suavizante recogiendo el destino
repartiendo sueños muertos en las caras de los dioses
subí mi juego para ver dos reyes homosexuales
frente a mí, la envidia bajaba deseos fallecidos
Fui el mimo con los ojos de serpiente
fui el laurel de los pecados
fui aquel sosiego asfixiante en la cocaína de los muertos
aquella pintura palpitante frente a los sueños cancerosos

Al final sólo quedamos dos, además del llanto y mi agonía…
una vez más fue aquella mano recogiendo cocaína y repartió nuestros anhelos
Los nervios son orgasmos en un par de ases.

Intercambiamos ideales egocéntricos
inhalamos aquel narcótico blanco para humillar la piedad
¿El final?
La música fosforescente se estampó en un Joker
contra los dioses que aprendieron a llorar
entre aquellos sabios drogadictos
El llanto tiró su escalera de diamantes
mi agonía reino con aquella flor de imperio
¿el premio?
¡La muerte!





LOS FEDERALES



¡Ahí vienen los federales! gritaron varias mujeres y otras más asomaron por rendijas y ventanas para constatar que a la distancia un ejército se acercaba al pueblo, donde sólo había niños, ancianos y mujeres; loa hombres habían marchado al grito de ¡VIVA CRISTO REY!
Al arribar , los soldados fueron recibidos con nubes de polvo, pues las arenas se revelaban al paso de los caballos. A simple vista las calles estaban desiertas. El general dio la orden de ir a la iglesia, sabia que la gente se refugiaba en los templos. Después de haber balaceado la puerta y abrirla a patadas, vieron que todo el pueblo estaba ahí. Ordenaron a los ancianos que sacaran a los niños y se fueran a sus casas y empezó la repartición de mujeres entre la tropa; las mas bellas las escogieron los sargentos y capitanes. Al entrar a la iglesia, el general vio que una muchacha corría a esconderse detrás del altar, de inmediato fue a buscarla , cuando la vio, parecía una virgen fuera de lugar , exudaba una luz curvilínea que traspasaba el único vestido que traía puesto. -- No temas le
dijo, yo casco el camino que lleva al placer mas exquisito del hombre y del universo; ven… Luego la tomo de la mano y ambos entraron a la sacristía. Un ambiente tenso y expectante invadió el interior de la iglesia y entre las protestas y el forcejeo de las mujeres los vestidos saltaron hechos jirones, y los gritos poco a poco se fueron transformando en quejiditos de placer, algunas decían ¡noo, nooo! Mas esto quería decir todo lo contrario. Mientras tanto, el general en la sacristía destapó una botella de vino de consagrar que el sacerdote olvidó con la prisa de salir corriendo
hacia el monte antes de que llegara el ejército; de un solo trago bebió media botella ¡Quítate el vestido! le dijo a su joven acompañante con una voz de trueno que hasta las paredes temblaron. La muchacha se arrincono en una esquina con una mano arriba y otra abajo. De repente, el general desapareció, no estaba a la vista; poco después fue saliendo de debajo de la mesa una figura regordeta, blanquecina; al general le dio vergüenza quitarse los calzones frente a la muchacha, como nunca le había pegado el sol en el cuerpo parecía un fantasma sin cabeza que se paseaba al
alrededor de la mesa; estaba nervioso, algo andaba mal. -¡No puede ser que se me vaya viva! -exclamo el general que muchas batallas había ganado en ese momento tan crucial se sintió abatido, su arma de hombría, su espada, aquella que hace machos a los hombres, no quiso ponerse firmes, por mas que le echaba salivazos y le daba de cachetadas, siempre quedaba con la cabeza gacha viendo hacia el suelo con al único ojo que tiene; como quien dice, se negó a atacar al enemigo quizá lo vio muy peludo
se rajó todito el cíclope; el pobre hombre nomas resoplaba, de repente dio un puñetazo en la mesa y le dijo a la muchacha: --Vístete y vete no vayas a decir nada de lo qué pasó aquí. ¡Oíste! si te preguntan cómo te fue, les dices que fui muy hombre. En realidad la muchacha nunca supo lo que paso ahí.
Cuando el general se estaba vistiendo, algo brillaba en la ventana que llamó su atención, se acerco y vio que era el mismísimo diablo que le sonreía al lado de un arbusto, y le dijo: -toma algunas hojas de esta hierba y mézclalas con vino de consagrar. Lentamente, como hipnotizado, arranco algunas hojas y las fue introduciendo una a una en la botella, la cual agitó fuertemente. Se fijó que en la botella se dibujaba una etiqueta que decía "Esta es la bebida de los muertos". sin pensarlo dos veces le dio un trago. El general sintió un hielo raspando su garganta hasta llagarle a la panza. de inmediato empezó a sudar frio, de repente la sacristía se empezó a iluminar de colores, una serpiente se deslizaba por el techo, todo le daba vueltas en la cabeza, menos un cuadro que estaba en la pared, era la representación de la ultima cena de Cristo; para su asombro, los apóstoles empezaron a moverse y a platicar entre ellos; el maestro tenia una botella exactamente igual sobre la mesa; el Cristo la tomó y vertió el liquido en una copa de oro; luego, alzándola entre sus manos, dijo con estas palabras
"Esta es mi sangre, es el cordero de dios que quita los pecados del mundo, haced esto en conmemoración mía, luego le dio un trago y se la pasó a san Juan --¡Que horrible sabe esto! dijo san Mateo, de los apóstoles el mas feo, pásame las tres le dijo san Andrés, un trago nada mas dijo santo Tomás y así todos los apóstoles, el único que no brindó con el maestro fue Judas Iscariote, pues ese juey era un burgués que siempre andaba pensando en el dinero. De repente todos vieron que Jesucristo despedía rayos de luz; asombrados comentaron "En realidad el es el hijo de Dios.
En eso tocaron a la puerta, sacando al general de su onda celestial. _-¡Ya están todos los soldados afuera! -le dijeron- , todas las mujeres fueron pasadas por las armas de la orgia sexual, Dicen que algunas se juntaron con el hombre que habían conocido íntimamente en la iglesia, pues se sintieron que ya estaban casadas, las únicas vírgenes que permanecieron como tales fueron dos estatuas de yeso que desde sus pedestales observaron con ojos impávidos aquella orgia que por el solo hecho de llevarse acabo en una iglesia todos estaban benditos, libres de pecado. Actualmente, esa iglesia esta abandonada,
lo único de valor es un reloj colgado en la torre y que desde ese día nadie le a dado cuerda

Alejandro González Sánchez.

SOBRE EL DAÑO QUE CAUSA LA SOLEDAD.

(El personaje entra elegantemente vestido y se para en el pódium.)
Me han recomendado, como una actividad terapéutica, preparar una conferencia acerca de los daños que causa la soledad. Supongo que las conferencias sobre adicciones están demasiado gastadas.
La cosa con el tabaco es muy sencilla, se deja o no se deja, se exhala o se retiene en el organismo esperando que el fuego purifique el alma, al final del día, si ya no sale humo de tu organismo no debes de preocuparte, o has dejado el tabaco o estás muerto. De cualquier manera el asunto ha quedado resuelto.
Los doctores en este hospital me llenan de diferentes drogas, tranquilizantes, estimulantes, los primeros temprano en la mañana y los segundos tarde en la noche, además, el psiquiatra me recomendó fumar en la última sesión que tuvimos, la idea fundamental es que sentir esa humeante consistencia correr dentro de mi cuerpo me va a dar más ganas de vivir. Los doctores siempre tienen métodos que uno no entiende, justo después me pidió que preparara para ustedes una conferencia sobre el daño que causa la soledad.
(Comienza a leer unas notas que tiene en una bolsa del saco)
De alguna manera considero que todos, por el hecho de pertenecer a la especie humana, somos expertos en materia de soledad… usted ahí sentado me va a venir a decir que nunca se ha sentido solo, que ha venido a ver a un loco en un manicomio dar una plática de soledad porque en su casa no había luz, o porque el capítulo de hoy de su programa favorito es repetido así que fue mejor optar por venir a ver el circo por un rato. Se me olvida, además de expertos en soledad, también somos expertos en la mentira sofisticada y el autoengaño.



Autoengaño, se me olvida que, según el doctor, no debo de utilizar términos que me transporten a mí mismo, nada que sea introspectivo, todo debe de ser para ustedes, externo, dirigido al público que es una tercera persona, un juez que no sea yo mismo, para así, lograr salir de mi soledad y entrar en contacto con la realidad colectiva.
Hubiera sido más sencilla la encomienda de una conferencia sobre el daño que causa el tabaco.
Lo siento doctor, nunca he sido bueno siguiendo notas, ni siquiera siendo yo el que las escribe. (Se dirige a una persona en el público y le da las notas) Tome, seguramente cuando lo internen en esta institución le será más fácil preparar una conferencia. No se sienta mal, todos deberíamos de estar internados en el manicomio una vez en la vida, es algo normal, como una cuota que se paga por vivir, la gente acostumbra alarmarse por nada, yo se lo atribuyo a que sus vidas son muy aburridas y necesitan algo de emoción.
Si fuéramos más sensatos se cambiaría lo que se dice de manera vulgar acerca de la misión del hombre en esta vida… nacer, crecer, entrar a un manicomio, reproducirse, estar un rato en la cárcel y morir… leer un libro, tener un hijo, pasarte algunos veranos en la casa de la risa, para salir a plantar un árbol y entonces tener la ilusión de que tu vida es pacífica, y que después de haber vivido en desgracia, al final todo está bien. Eso sería más realista, pero como ya dije, somos expertos en la mentira sofisticada para hacer todo más agradable.
Discúlpenme, es inevitable que parezca que hablo conmigo mismo, pero no por eso pienso que deje de tener razón, en la visión general de la vida siempre se trata de evitar la desgracia, si decimos que no existe entonces tal vez deje de estar ahí, si negamos el hecho de la soledad entonces nos será posible sentirnos menos solos, reemplazar las voces que en la noche te producen los estimulantes en la cabeza por una célebre plática para un auditorio muy respetable, no sin aprovecharte para decirles cosas que no quieren oír.

Antes de internarme de manera voluntaria en esta casa de verano, yo era un respetable contador, economista, matemático, estadista, auditor o algo así. Recuerdo perfectamente el sol entrando por la ventana de mi estudio, iluminando una libreta grande de cuero llena de números, en ocasiones era un pizarrón con ecuaciones… mi memoria no es tan clara.
Recuerdo sin embargo con toda la lucidez posible, la mañana del 10 de abril de hace un par de años, estaba en el estudio frente a una de esas gigantescas libretas de cuero llenas de números, mi panza estaba hirviente con el café de la mañana y el humo del tabaco se mezclaba con el polvo de la calle y se fundían humo y polvo en uno mismo, este acto inigualable de amor sólo podía contemplarse gracias al patrocinio del sol de la mañana.
Al contemplar tanto romanticismo en un espacio tan pequeño me empecé a volver loco, Dios era capaz de pintar un cuadro matutino con escasos elementos, de lograr la belleza de una manera tan simple, y a mi lo único que me quedaba por hacer el resto de la vida era quedarme en mi estudio mirando números aburridos. Estaba seguro que si no hacia algo me iba a desquiciar… escuchar esta historia de un interno en un manicomio debe parecer jocoso, pero aunque no lo crean entrar aquí fue un acto de extrema cordura.
Empecé a dar vueltas aceleradas en mi silla de oficina, la hice el centro del universo, me fundí con ella hasta que todo el estudio comenzó a girar y yo dejé de moverme. Con el cigarrillo en la boca echaba humeantes risotadas que eran una absoluta falta de respeto a los grandes libros de cuero y a toda mi rutina diaria de muerte.
Convertido desde ese momento en una especie de niño, con una felicidad e irreverencia fundadas en la nada, o en la simpleza de todo, por primera vez miré a la gran ventana del estudio y pude contemplar el hermoso parque que siempre había estado ahí, pero que hasta ese momento, no había sido para mí más que un accesorio de la colonia en donde vivíamos los vecinos más aburridos y acaudalados de la ciudad. Todos éramos iguales, solemnes, responsables, formales y un poco suicidas. Me sentí feliz de no ser uno de ellos, al menos por ese instante.

Sin moverme de la ventana de mi estudio lleno de humo, sol, polvo y risa, caminé por todo el parque explorando todas la pequeñas veredas con una visión de superhéroe, lo veía todo desde un punto superior y no existía el tiempo, me metía en cada vereda para salir por encima volando hasta que me volvía a ver a mí mismo parado en la ventana con una sonrisa que me era desconocida.
Aprendí con la práctica a deshacerme de mis condiciones humanas, el espacio-tiempo ya no importaba en esa nueva realidad, me desplazaba con velocidad por ese parque, riéndome del destino del resto de esos seres vivos condenados a la densidad, yo ya no era denso, ni vecino, ni solemne, ni encargado de números, ahora era un pez volador que pasaba las mañanas merodeando en mi nueva felicidad acuosa.
Volar, como toda actividad, es una cuestión de disciplina, de perfeccionar el método. Todas las mañanas repetía el procedimiento de manera cada vez más precisa, primero, esperar a que el sol pintara su cuadro de mañana hecho de humo y polvo, luego hacer girar la silla entre risotadas frenéticas para dedicar entonces varias horas a nadar por el parque sin moverme de mi ventana. Ser feliz.
En uno de mis vuelos rutinarios en que nadaba pacíficamente entre los algodones de azúcar, la señora que vendía violetas en la esquina y los niños que eran alcanzados por sus padres para no ser arrollados por un automóvil inoportuno, algo captó mi atención, no tuve otra opción más que detenerme. Una mujer con sombrero de pluma y guantes largos agitaba su abanico, sonrió al plasma que yo era para luego preguntarme qué hacia merodeando en su cabeza.
Me detuve un tanto asustado, nadie me había interrumpido antes mientras volaba, traté de responderle pero supongo que no podía escucharme porque no hizo más que seguir sonriendo. El magnetismo que ella ejercía sobre mi ser era algo indescriptible, y desde entonces sólo volé para poder encontrarla sentada en esa banca con su sombrero, meneando el abanico de guantes largos. Desde entonces hemos sido amantes.

Pasaron así años, meses u horas, en realidad no sé. Las excursiones al parque se fueron haciendo más lánguidas, mi consistencia fantasmagórica se iba debilitando cada vez más, ella seguía estando ahí tan majestosa como la primera vez, pero yo no, yo me iba diluyendo en el viento. Diluido regresaba a mi ventana con el día casi muerto, para dormir sólo un par de horas y tratar de no ser el dolor de cabeza en el que entonces me convertía.
No he usado otra ropa desde la primera vez que la encontré, no lo sabia, pero creo que en algún momento dejé de comer, me di cuenta de esto el día en que no fui capaz de despegar de mi estudio. Me sentía débil, sólo podía ver ese enorme libro de números que amenazaba mi nueva forma de existencia. Entonces supe que algo no estaba del todo bien.
Cuando llegué me diagnosticaron una anemia severa y exceso de soledad. Jamás había escuchado algo similar…exceso de soledad, ya les dije que los doctores son gente complicada y nadie los entiende, sin embargo puedo deducir, por el diagnóstico, que me consideran un experto para estar el día de hoy ante ustedes y hablarles del tema.
Les confieso que lo que más deseo es curarme, tener la fuerza para volver a vivir, encontrarme en mi estudio en la mañana y aventar por esa enorme ventana el libro, el pizarrón, este traje barato, para así disponerme a reír y volar junto a mi hermosa amada de sombrero de plumas.
Esta convalecencia, esta soledad socializante me ha hecho mucho daño, pero ya saldré de aquí, por lo pronto he cumplido con el absurdo requisito de darles una conferencia acerca del daño que causa la soledad, y ya me voy. Para esta hora sirven un puré de papas que es espantoso, pero cualquier cosa es buena si sirve como gasolina para luego poder volar. Nadie me va a tomar a mal que me retire, de cualquier manera este auditorio está vacio, y ninguno de ustedes me ha escuchado.

(El personaje tira el pódium al suelo y sale. Obscuro final.)

Osvalgo García García

Luna nueva

El viento blasfema afonías evaporando eternidad
Como bestia arraigada en mi alma cuando la rosa bebe su delirio.
Me aglutina la boca del lobo en suspiros de la tierra
Dibujo lágrimas frutales en mutismos de piel marmolea que escurre en mis dedos celestes en bocas de pensamiento.
La oscuridad carcome los zaguanes del maíz en los trozos del durazno.

***
Incoherencia:


Desperté muriendo, comiendo mi carne en las memorias
En puertas de aliento, besando palabras escucho afonías.
Sintiendo la muerte dentro del palpitar de la miel
me salpicas idioma de ayer en viento.
Lo fatal manchara mi sed.
El deseo trozara la tribulación
cuando por fin los cabellos de la tierra, confidentes del amor
edifiquen en la cosmología del ayer una utopía torrencial
en cabezas cercenadas por estupidez conyugal.
Escucho sangre en el daño del pasado
centro del universo en recorridos nocturnos
de buganvilias que gimen ocultas entre sabanas desesperadas.
Los suspiros del ensueño surcan en parvadas.
Si pudiera morir como el gato de mi ventana esperaría mis motivos
Mañana cuando el sol muera en su pedestal beberé un trágico final
saboreando la melodía de la simbiosis de suicidas, masticando la radiante sombra del espejo
tragando el fuego de la miel
masticando sueños del árbol de la incoherencia.
***


Demonio canción


Escupo versos para una joven
a ella le gusta como canta su ventana
pero el punto y coma de mi verso me robo la inspiración
en cacofonías del adjetivo muero en mis sustantivos.
La boca del poeta es la pluma del corazón
sin tinta, ni estrellas en donde escribir agoniza mi espíritu.
Mañana cuando mis versos regresen en parvadas de espejismos
moriré con en la tumba de mis palabras.

***

Crepúsculo:



Agoniza el bosque del amor en mi pecho anaranjado
comprado por las puertas del aliento.
Vomitare mi epidermis en la hora violenta del crepúsculo pasado.
Continuo mi travesía por la carretera del amor
fincando situaciones con anzuelos de dolor.
La oscuridad me habla, soy su confidente
guardo su terciopelo en los cardos del fénix.
***


Tiro a la luna:


En el león soñó con la oveja
le regalo su amor en un frasco
juntó en una caja de cristal el yugo de las estrellas.
Salé la noche y se columpia con la estupidez del cordero
juega con el masoquismo de león en la vida lenta del caracol.

Amarte


Amarte con llagas como recuerdos
en silencios rasgados de mi alma.
en gritos mudos del silencio.
Amarte con diferente identidad en la misma historia.
Reprimiendo mi sed, consumiendo herejías de miradas.
Amarte en recuerdos que me quieran olvidar.
***

Mutismos de luna:


Ardo en soledad baldía, escupiendo soles en tempestad.
No arranques las migajas de sueños que anidan en tu piel.
Perdona mi dolor, tu único declarante.
Fracturas las mascaras del espejo
y frente a la ilusión tomas mi lugar.
No importa si ignoras la sed que beben de los fantasmas de la insolencia.
Desde tus pretextos huertas el cáliz de mi barbarie.
Esta felicidad al prisma de tú límite abandona tu piel.
Riveras de recuerdos vacían mi alma con un frenesí de intruso.
Clamo tu nombre la sordera.
Tu ausencia de tu eco es suplicio de mi necesidad.
Sacrificas mi fe, sombra de la esperanza.
Opacas tú dulce aroma en la pesadumbre.
Separadas nuestras manos delante va el miedo de nuestra imperfección.

***

Enemigo perfecto:



En tú asteroide me disipé
divagando inconsciente entre tus edenes.
Ahí reparo tiempo dibujando mi voz
cuando suspira mi alma en el umbral de un sueño perdido.
La sombra de tu nombre, células que se ahogan en cansancio
donde sus fantasmas tiemblan bajo luces de ayer.
Renazco noches en chispas de caramelo.
En cada luna soy el relámpago de mis ecos
donde ocultan recuerdos partidos en gemas de memorias.
Mis pensamientos de luz ensombrecida por ángeles que lloran cicatrices.
Sin palabras hablamos conformando rompecabezas morbosos del ocaso perturbado.
Estoy recordando sin pasado, caminando sin extremidades
Rescatando espejismos en susurros, llamas intimas en partituras.

***


Mirada de otoño:


La indiferencia tiembla bajo tu atroz mirada
me reprime y atormenta los sueños, canta en sangre al dolor.
Llagas de licor e inmortales tempestades me provocas.
Tu mirada es paraíso de ilusiones carentes de razón.
amargo deseo cubierto de locura que no anochece.
Te rindo hasta el último despertar al huir de mi.
Acorta el tiempo entregando mi aliento.
Tus ecos besan el aire
son fuego desalentado, un corazón en sombras ausentes.
Luces muertas iluminan su entrada y arremolinan la ironía.
Desnudas la inocencia bifurcando comisuras.
Alimentas a los ríos que desembocan en el olvido.
Eres como sepulcro de confusiones que claman lagrimas
manantial de pasiones rotas y piezas desubicadas.
Disipas la felicidad en afanes, carcomes labios aspirantes a tu caricia.
Tus aglomeraciones de vidas pasadas chorrean del espejo
tesoros de piedad enfatizando ahogo.
Me abraza la tristeza gritando los deseos.
Escupes egoísmo, infectas codicias deliberadas.
El terciopelo de tu mirada resguarda perdición en lamentos de frutos primaverales de invierno.
Eres tinieblas encendidas de la luna de otoño.
***

Hoguera:



Secretos abultan curiosidad
como el prado de miel que corre después de tu eco para bañarse con su sombra.
¿Qué hará ese fantasma invernal en tus ojos, cuando mañana te tragues días en mis orígenes?
Mi alma juega con la ausencia
Fincando soles de media noche, falta que llore tu voz
Ensombrecida por nuestro corazón.
Las promesas resguardan crepúsculo en un millón de huellas.
La confusión del nosotros separada por afines conyugales
manifestados por estupidez.
Se queman mis dedos, todo sucumbe
y mi aliento deja de pedirle a la vida que acaben los suspiros de mis ojos.
Mientras tanto el significado del silencio eleva conversaciones
de personas que desconocen sus lazos de amistad vomitando realidades inversas.
***


Complicaciones:


Me fundo en un grito con la venganza.
Las memorias dejaron un infierno en mi pecho
como moretones en el tiempo.
Mis venas reciben aun nuevo huésped compartiendo
su rasposo caudal con un corazón suicida
su tiempo me persigue con un manto galáctico.
***

Pesadilla:


El amor afina diamantes en su bóveda
cuando el oro acaramelado de tus ojos se congela.
Si el atrapa sueños de mi alma sirviera
encadenaría el aire para convertirlo en mi esclavo.

Cumbres borrascosas:


Abrazo a la soledad entre tinieblas
el sabor del viento me acaricia el paladar
en lenguas de fuego que escupen a mi pecho donde había un corazón, ahora no encuentro su lugar: lo asesino tu mar galáctico.
***

En mis ojos:


Bajo el templo de tu subconsciente tu alma se adhiere a mis labios.
Desnudo susurros bajo el sol
toco el horizonte con el terciopelo.
Del abismo conjuras mi nombre inmortal.
Tres:
Llora mi piel, alfombra de tus sueños: Oscuros fosos de brazos ciegos.
Sentimientos: ni tu perturbado reflejo les tiene piedad.
Mentes versus cuerpo: la boca de sangre saborea su entierro.
***

Travesía:


Un corazón de mil pechos blasfema de una boca sin rostro
nómada refugiado en la agonía
lugar de oscuras luces.
Nuestro tiempo transcurre sin treguas
pero no sucumbirán los ilusos de tu infierno.
Gritamos tu lujuria y la mía llorando vanidad.
***

Deriva:


A la deriva de la inconsciencia dibujo cantos en círculos de calma
como llama de infinito que suicida sueños
cuaderno que regresa del rió cuando frena primaveras
pasando milenios contemplando su desnudes.
Escondo caricias en escombros de recuerdos
en niños enfebrecidos por el aire que los abofetea.
***

Suspiro:


El suspiro de los poetas es alimento a la ruleta
cuando las caricias de la sombra sollozan pinceladas de codicia.
Tu abrazo pasó por mis venas en mosaicos de silencio
es fenómeno de luna en cuerpo infectado de miel
simbiosis de suicidas en semillas de esperanza.


Sublime:


En la tumba del miedo arrastro sus cadenas
y la luna desconoce su inmensidad al devorar espejos.
Encendiendo quimeras cantando delirios a un cardenal ausente.
Si buscara el dolor y olvidara en mañana equivalente moriría en mi centro
pero los cardos del silencio arden.
***

A mi familia:


Recuerdo la noche como una amiga comiendo alegría sobre aquellas falsedades.
Los motivos navegaban en lo inútil de la casa abofeteando el grito de un río.
Pulso el botón del pasado en la ironía del presente
que se incrusta en mis ojos como esquirla desalmada.
Mi mente dormida escucha sueños del espejo y no puedo descifrarlos sin aglutinar las noches de ahora.
Entre las fauces de esta sangre mis manos derrumban la inocencia de un reino donde nadie muere, ni siquiera mis venas, ni las voces del vacío.
En mis sueños renazco de la misma semilla pero las raíces envenenan los retoños, entonces los celos del ingenuo descubre los moretones del corazón.
Las cortinas de esta simbiosis ocultan un prospecto de seducción.
Habla mi dolor en letras calmas ante el astro que no siente,
y desembocan mis lágrimas en cascadas de indiferencia
donde se fuerza la unión de una pieza descarriada
entre yo y el umbral de la discordia.
Como el riesgo de morir cuando almohadas ajenas a mis oídos
saltan por la ventana para volar a su destino.
Esta casa de sombras se vuelve parvada de agonía
cuyos muros me persiguen, su techo me aplasta, le pido al espacio piedad
pero insiste en mis caminos un nuevo amanecer de humanidad
que terminará oscureciendo la razón de esta voluntad suicida
que busca la paja en las pupilas del estúpido ajeno
***

Posibilidad:



Enamoro tinieblas con ceguera.
Mi epidermis busca libertad pero otra oscuridad alumbra los encargos del corazón.
No es fácil olvidar el sol que ya conocemos
tampoco las posibilidades
Todo termina, y empiezo cantando memorias difuntas.
***

Praderas:



Los pecados del silencio enajenaron mi soledad
hoy me consumen cuando tiño de negro las confusiones
y descubro verdades al mirar el firmamento en otra alma que no conozco
En otras huellas espumando al sol en cólera de noche.
Aborrezco sujetarme del fuego cuando juega con mi silueta, pero si mi resplandor pereciera la suerte brillaría ante los ecos y risas de mi lumbrera.
***

Adrenalina:


Busco latidos en los poros del maíz y sus ojos plateados, silenciando voces de sed, sin el último grito en la historia de cada grano.
***


Parvada de silencio:



Los suspiros son las letras dolientes
escritas sobre epidermis de crepúsculos ciegos
es tinta de reflejo
Las noches frías con su ayer son tinieblas que censaron mi fe.
El sol se apagó con mis alucinaciones, obsequiándome un grito de pensamiento, una oportunidad.
***

Algo inesperado:

Temo ser una persona cuando no puedo ver mi palma en la ambulancia de este desierto.
***

Mi mejor amiga


Mi mejor amiga nació odiando el sabor de anís
ella controla sombras egoístas en la noche
Ella: nube de acantilado, promesa silenciosa parida del heroísmo
Es música gris de ojos sedientos y boca ciega

Así vive el pasado


En la ventosa de las sinfonistas de la memoria
Al arrancarse un cabello en verano, en todo lo que el grito no puede sanar
Se esconde en los corazones de la luna
Son las llagas del espejo: el primer beso del viento
Vive aborreciendo al depravado
Condenando los años: que son los días del suplicio
Llorando cenizas de cigarro en los pesebres del imperio
Está en la faceta de lo escrito, en la época dónde los retazos de los muros renacían de su voz
Es la simbiosis que se resiste a esconderse del sol
De todo eso que nos salpica el pasado cuando se burlan de nuestra ventana
Existe en los ojos de la sangre: amanecer en las pesadillas del suicida
Creí que me abandonaría, pero no temí que fuera bueno perderse
Si descubres que la memoria es el destino en la travesía
del pasado por la vida de los hombres, preferirías morir en la herida
Habita en todo lo que se ofrece por casualidad
que mañana no será lo común sino un silencio imaginado por psicópatas
***

Un grito en el maíz



La sombra es lo que te cobija
Contémplala que pronto desaparecerá, bebe el salvajismo de sus abismos
En la galaxia del maíz esconderás los gritos en la fisura de la memoria
Quiero conocer los ecos que anidan en su centro
sospecho que están en la raíz de esa gota de agua escondida del grifo de la locura Mientras tanto seguiré esperando al ciego que me guiara en la fosa de las lágrimas
***


Ruleta:


El sol me susurra viento de oscuridad que ha ido enterrándome sus entrañas
como bestia perdida en las pupilas del silencio.
En todo error hay una posibilidad, pero los cien años nulos me unen a su centro
No quiero beber de tu boca los mitos que zarandean lo demás
No quiero tener miedo al derribar las barreras
me turba no hacerlo: quiero ver los gestos de tus palabras cuando me exijan rendición, quiero sentir el abrazo del suspiro de tus ojos, y leer signos en la epidermis del sueño.
Anhelo no poseer nada, sólo adherir mis ventosas a tu alma.
Tal vez sean un desliz, pero no me importa equivocarme.
Pero…
La sombra del árbol sana mis ruinas
veo dentro de ella que sigo respirando
Mientras el silencio hablé sobre bosques en las remembranzas, todo estará bien. Creo que lo he logrado: la lluvia ya no es una fosa.

***


Luna nula:


Los ves todo el tiempo, pero no sientes su presencia
Aquel suspiro de pensamiento escupe los cardos maltratados
Muy lejos de ahí las voces no escuchan su lejanía.
***

Madera arrullada:


Hacen mucho ruido los mutismos ¡quiero que se callen!
Háganlo, deseo sobrevivir a lo visto
Nunca pienses, porque mañana mi emergencia será otra.
***

Negación



Un sueño que no sabía quién lo había creado se preguntaba cómo hacerle para conseguir que las personas soñaran con él para poder existir; finalmente llegó a la conclusión de que era más fácil hacer que la gente se perdiera en su interior.
Se le ocurrió la idea de crear un mundo para personas curiosas; sería un lugar como ningún otro, hecho de recuerdos y deseos. Pero para lograr que su lugar de fantasías fuera real en el alma de, por lo menos cuatro personas debería tomarlas bajo sus delirios. Encontró a cuatro doncellas, valientes, vanidosas, incluso violentas.
—Perfecto —se dijo.
Mientras la primera de ellas dormía, el sueño se encargo de mostrarle el mundo al que podía pertenecer. Cuando ella exploraba el extraordinario sitio, el sueño tomó sus más profundas ambiciones y las mezcló con lo que le estaba mostrando. Seducida por la tentación al ver que todo lo que ella siempre había deseado tener, le pidió al sueño que le permitiera ser parte de ese mundo.
—Todo tiene un precio —le dijo el sueño en su cabeza y le mostró una imagen de ella abandonado sus restos terrenales.
Ella hizo una mueca.
—No importa. Si con la muerte he de pagar, es un precio justo, estoy dispuesta a dar mi vida.
El sueño le advirtió que era un lugar peligroso y lleno de misterio. A ella no le importo. Su única petición fue que le diera una espada para protegerse de quien intentara hacerle daño.
Con la decisión tomada, la damisela jamás volvió a despertar.
Mientras ella paseaba por las fantásticas tierras encontró el temible rió de las memorias, éste le mostró el dolor de su familia por su muerte.
-Feliz y sin remordimiento, olvidó aquello y siguió regocijándose del aquel lugar de ensueño. Ahí las rosas le hablan, le contaban historias antes de dormir, y por las tardes tomaban el té.
En su mente siempre se repetía que este país era suyo, y de nadie más. Un día, cuando la luna y el sol peleaban en el cielo, la primera doncella llegó a una aldea de conejos blancos que vivían en enormes cedros. Eran tan grandes como ella, de ojos inyectados de sangre y orejas rosadas.
—¿Qué es todo esto? —se dijo.
Tomó su espada y la clavó al primer conejo. Cercenó varias cabezas y abrió varios pechos, dejando un sendero carmesí en el pasto.
Incontables fueron las pérdidas que causó. Al terminar, dio un gran bostezo, tomó la piel de una de sus víctimas y se cubrió con ella.
—Todo es mío de nuevo —susurró.
Con una sonrisa de satisfacción se quedo dormida en su propio sueño
Un crujido ensordecedor la despertó. Los árboles despegaban sus raíces del suelo, despertando de su letargo eterno. Ella intentó escapar, pero los árboles se lo impidieron. Y en condena a sus pecados atrapada entre los árboles para siempre se quedó.
El sueño, con la fuerza del primer espíritu se hizo más fuerte, por consiguiente también su creación.
Aún le faltaban tres mortales para que su mundo estuviera terminado, y mientras la primera doncella se auto destruía, la segunda ya había sido tentada de entrar; al no poder resistirse, ella también murió.
La segunda doncella tenía hermosa voz. Al entrar al sueño, sólo se alimentó de manzanas; mas pronto que cada vez que las mordía, un sin fin de notas musicales brotaban de su jugo.
Su dulce canto era sublime y gracias a él amanecía, las estrellas y los rayos solares reían felices en compañía del viento. Era tan hermoso el sonido de su voz que terminó enloqueciendo a la pobre infeliz.
La locura de la doncella cobró vida propia, pensaba y jugaba. Ya nunca estaría sola, y ahora tenía con quien cantar.
Paseando por el bosque la doncella quiso una rosa azul cortar; la rosa, maravillada de escucharla cantar le dijo que estaría con ella por siempre, con tal de oír su canto; más su locura vuelta celos, la mujer no pudo controlar, e hizo que a su huésped la rosa le brotaran espinas en el cuerpo. Su locura, al no tener otro cuerpo, también murió.
—¡Qué tragedia era estar destinado a morir! —Ante ese último pensamiento la chica se desplomó en el suelo y murió.
La tercera doncella era pequeña y bonita; nunca pensó en la existencia de un lugar tan perfecto.
Los conejos y las flores terminaron amándola por su belleza y amabilidad, y en ese mundo de ilusiones decidió vivir. Esa doncella reina se volvió. Su primer mandato fue construir un castillo en la cueva de las fantasías; la cueva era un lugar poderoso, podía conceder cualquier cosa con tal de que el soñar fueran siempre cosas agradables.
Una noche su tierna mente de pesadillas se llenó. Al no poder apartar esas imágenes, el palacio se convirtió en una mazmorra enmohecida; los sirvientes ya no eran tiernos y adorables: se había transformado en cadáveres putrefactos, y rápidamente su reino y la doncella comenzaron a zozobrar.
El sueño estaba tan desesperado por terminar su creación, que tomó una chica al azar; recolectó la ira de las pesadillas de todos los seres humanos y la combinó con su mundo, cambió la luz del sol por una oscuridad insondable y volvió a sus habitantes en bestias horripilantes, todo para terminar más rápido con su cuarta soñadora.
La cuarta chica, desconcertada al no poder soportar las terribles escenas de dolor y pena se arrancó los ojos. Atraídos por la sangre, las bestias en reposo que habitan en los sueños devoraron su cuerpo.
Luego, éste se elevó al cielo. Sus finas adherencias flotaban suavemente. El sueño contempló maravillado y conmovido su belleza, mientras el deslumbrante espíritu estallaba en miles de partículas plateadas.
—Las vidas peligrosas son las más letales —concluyó el sueño.



Bitácoras silenciosas


Con su frágil candor — equivalente a una nube en la palma— se acercó sigilosa. Lo primero que sentí fue una caída profunda, como fuego y pólvora uniéndose, así de fácil fue.
Yo gritaba, incluso juraría que mis gritos dejaron huellas en su pensamiento. No supe cómo llegó, o cuándo terminaría. Simplemente no sabía cómo abandonarme. El miedo y la negación son buenos aliados cuando necesitas aferrarte. Por eso gesté mi locura segregando toda mi fuerza; crucé la calle a la segunda estancia; muchos la llamaban “confusión”, incluso la televisión e internet se atrevían insolentemente a mofarse de aquella realidad, semejante a un viaje de dos amigos separándose por disputas, o simplemente para realizar la travesía de la vida; pero creo que eso es poco comparado con el tormento y el grito desgarrador escondido debajo de la piel que espera paciente el momento de salir.
Cansado del duelo, miré por primera vez el cuerpo tieso y pálido tendido en la cama. Personas muy cercanas, y otras desconocidas realizaban acciones incomprendidas. Sin darle más importancia logré escabullirme entre las personas sin ser notado, pues no quería distraerlos, parecían inmersos en intenso dolor, de esos que no deben ser interrumpidos. Dejé el recinto; olvidando cualquier tipo de condolencia, volví a mi trabajo de “confidente”.
Disfruté por un rato los rayos plateados de la luna, cuando un grito desgarrador me helo el cuerpo. En las sombras de un tétrico callejón una chica forcejeaba por zafarse de las manos de su acompañante. Mi primera reacción fue ayudarla: no entendía cómo era capaz aquel enclenque de hacer aquello.
No sabía si era peor presenciar un asesinato o ver cómo cada día las personas pierden el juicio. ¡Oh! Sin mencionar a los pequeños retoños que vienen después. Pero aquellos tripulantes —actualmente sin un Dios— sólo nombran el deseo según lo que les pase por la mente.
Los ojos enfebrecidos por el odio, la máscara desalmada que en esos instantes cubría su rostro se llevó la vida de la muchacha. Sus gritos ahogados: sublimes y horrorosos al mismo tiempo se clavaron a mi mente como una estaca. No podía hacer nada, no estaba en mis manos salvarla, al menos que deseara morir. Permanecí callado, tratando de fundirme con la oscuridad. Al darse cuenta de sus actos, el chico enclenque, en un ataque de histeria miraba hacia todos lados, como tratando de ubicar el mejor camino para huir; al observar los ojos del asesino se posaron un instante en mi dirección. Su rostro no reflejaba esa sorpresa de cuando se es descubierto con las manos en la masa; sin más distracciones huyó dejando el cuerpo de la chica tendido en el suelo. Le agradecí al cielo por haber salido ileso. Sin embargo, esto no había terminado: algo se deslizaba dentro del callejón, una estela de luz a penas visible. Temiendo que el asesino hubiera decidido regresar por mí, corrí despavorido.
Muchas calles adelante aligeré el paso al saberme a salvo. La culpa se apoderó de mi cuerpo desalmadamente: al menos podía llamar a la policía —pensé— acción que me ahorré al ver un par de patrullas ruidosas pasando a mí alrededor: alguien se me había adelantado.
Regresé a mi casa a la medianoche, exhausto y traumatizado.
Metí la llave en la hendidura de la puerta. Pero eso no fue lo más extraño de la noche: Al entrar, una luz proveniente de unos ojos somnolientos captaron el interés mi interés; seguí al intruso como a luciérnaga. Su luz compensaba sobradamente todas la sombras, era la más pura y hermosa.
Aquello me asustó, “tal vez esté ante la presencia de algún fantasma con ganas de llamar mi atención, tal vez sea el fantasma de la chica. ¡No! Estoy seguro de sus ganas de atormentarme por no haberla salvado”; teoría esfumada al ver con más atención: pequeñas siluetas inmersas danzaban en el centro de la luz. Todas comenzaron a llamarme, usando un poder magnético hacia mi cuerpo. Como pude, me alejé del albor y sus tripulantes bailarines, horrorizado de ser parte de aquella simbiosis vista desde adentro.

Yadira Margarita Núñez Meneses

GRATITUD

El sol ha sido devorado por los edificios de la urbe, mientras esta concibe a la luz mercurial. El señor Pérez ha abandonado el bar donde había nutrido sus penas maritales y el hambre de sus críos; recorre la avenida con el sosiego que da el alcohol en las venas, sin percibir al sujeto que era vomitado por las sombras: La punta de un revolver lo sorprende, el asaltante le quita todo lo que trae de valor y hasta la borrachera que tanto le había costado.
La víctima ruega por su vida, en nombre de sus hijos que momentos antes no le interesaba recordar, el ladrón se la concede.
El inmolado emite un murmullo quebrado:
-Gracias.
El malhechor desaparece en la penumbra, mientras el pobre hombre sigue su camino… temblando.



ESPEJISMO


A través de eternas dunas, un hombre deambula sin más esperanza de la que cabe en su cantimplora vacía. El sol lo ha mirado desde todos los ángulos posibles sin que ninguna nube lo importune. Intenta caminar veloz para no dejar escapar su ánima, mas esta es demasiado ágil y la pierde de vista en varias ocasiones.
A lo lejos vislumbra un oasis etéreo; con las fuerzas que le quedan intenta correr hacia él, consiguiendo sólo imitar a las serpientes.
Se refresca en un manantial bajo el cuidado de cóndores motivados, come dátiles jugosos creados de la carne de Adán y es fascinado por una bella mujer evanescente que reside en ese paraíso.
Sin más fe de la que podía tocar, decide olvidar su vida anterior y abandonarse en este paraíso para siempre.
Al pasar una caravana por ese lugar, dos hombres conjeturan su existencia al mirar un cadáver abrazado a la nada.




ESFINGE


Víctor, como cada noche, miraba a través de su ventana, esperando descubrir entre el gentío, el rostro de la que lo tiene embelesado. Su persistencia fue premiada cuando vio salir de la casa frontal a una mujer de rostro hermoso y elegancia felina. Su enigmática presencia lo había seducido.
Ella sonríe, sabe que es observada. Pero no es un gesto de alegría sino de satisfacción.
Después de varias noches de vela y sueños quebrantados, él decide abordarla:
-¿Que puedo perder?- pensó.
Se dirige a la casa de aquella dama, con la mente en blanco para no arrepentirse; al estar frente a la puerta duda, mas antes de siquiera pensar en tocar el timbre la mujer ya tenía abierta la puerta. Lo invita a entrar con voz fascinadora, la voluntad del joven fue sometida por varios pares de atributos femeninos. Después de acceder a la vivienda la puerta se cierra a sus espaldas.
Ella se acerca lentamente: su fogosidad desértica como viento del Sahara lo abrasa. Víctor respira con dificultad auxiliándose de la boca para no ahogarse; se siente aturdido y percibe su entorno moviéndose a toda velocidad alrededor de él; se acelera su corazón al igual que su respiración. Estaba desconcertado cuando la voz de la dama taladró su cerebro.
-¿Que sientes por mí?
A lo que él respondió con voz agitada.
-Te amo.
Y selló sus palabras con un beso apasionado.
Por la mañana, el ruido de sirenas quebró el silencio, encontraron el cuerpo de Víctor en un callejón cercano a su casa; los paramédicos escriben con letra ilegible: muerte por asfixia.



ANÁLOGÍAS




Existía un mundo que nunca fue plano, giraba sólo sobre su eje en ambas direcciones. Sus habitantes tenían la seguridad de que eran los únicos entes en el universo.
Uno de ellos, un gran científico de este cosmos, creó un extraño aparato -a su edad madura de 32 segundos- que le permitía ver más allá de su mundo. Entonces descubrió un ojo enorme que los observaba. Fue tanto su asombro que continuó creando artefactos cada segundo de su vida, para ver más lejos en el espacio.
Ya siendo un anciano de 76 segundos, logró crear uno que le permitió ver por completo al individuo del gran ojo, el cual, comprendió el inventor, sostenía su mundo: esta entidad tenía vida, mas el científico estaba muy lejos de descubrir si sería un ser con inteligencia. Murió un par de segundos después con la gran incógnita, pero con la satisfacción de haber aprovechado cada segundo de su vida.
Al mismo tiempo un mecánico observaba minuciosamente un tornillo para el trabajo que realizaba.



MIEDO


La pequeña Diana, le pidió a su mamá, cuando esta la arropaba con el edredón:
-Mamá déjame dormir con la luz encendida.
Su madre rechazó la petición diciéndole que tenía que enfrentar sus miedos para que estos desaparecieran. Apagó la luz y antes de salir de la habitación le dijo:
-De todos modos sabes que estoy aquí a lado.
A media noche la mamá despertó a causa de los gritos de Diana. Rápidamente se dirigió a la habitación y encendió la luz.
-Mamá tengo miedo, no apagues la luz, déjame dormir contigo, por favor.
Abrazó a su hija, tratando de calmarla, se levantó, abrió el closet enseñándole a Diana que no había nada, e hizo lo mismo con todos los muebles de la habitación. Diana levantó con premura los pies que ya colgaban de la cama; su mamá entendió de donde venía su miedo. Lentamente se dirigió hasta ella, un ligero escalofrió recorrió su cuerpo, se agachó y alzó la colcha que impedía mirar bajo la cama… No había nada.
De nuevo arropó a Diana y le dijo que estuviera tranquila.
-No hay nada que temer. Dijo su madre antes de darle un beso en la frente y apagar la luz.
Cuando salía de la habitación se detuvo y de nuevo se asomó bajo la cama. Se levantó como impulsada por un resorte, tomó a Diana y se dirigió hacia su habitación prendiendo todas las luces en su camino. Se subió a su cama y abrazó fuertemente a Diana. Con los ojos bien abiertos, las dos permanecieron casi inmóviles hasta que la luz del sol apareció por la ventana.




Morir mil veces



Caminaba sobre la acera, el sol alimentaba mi rostro con suave caricia. Mi pequeña trotaba a mi lado, con su sonrisa me mostraba la irrefutable verdad de Dios mientras su manita escarbaba la protección entre mis dedos. Sus labios se abrieron, dibujando el trayecto de una filosofía inocente interrumpida por el trueno de la muerte vestida de plomo. Sus ojos verdes infantiles se inundan de un líquido salino que grita dolor, su garganta quiere lanzar un alarido ahogado por el escarlata. Su cuerpecito tirita entre mis brazos mientras sus ojos se graban en mi alma con fuego ardiente que nunca cesará… ni cuando desperté de pronto sudando frío y descubrí a mi pequeña en su camita… soñando.

Lizeth Mancinas

Bar en el horizonte

Cuentan los dioses y las diosas que cuando la Tierra era niña, la joven Noche vio por vez primera al galante Febo. La noche no pudo resistir esa mirada de fuego que entibiaba su oscuridad. Y Él, a su vez, no pudo resistir el lúgubre enigma de esos ojos oscuros, penetrantes.

La chispa se encendió entre el par de enamorados. Los rayos incandescentes del astro- soberano envolvieron a la bella Oscuridad en una lujuria incontrolable. La noche desanudó su manto negro dejándolo deslizar por su piel morena y llena de placer, en forma de esfera, se fusionó con el corazón ardiente del Sol…

El padre Cielo se enteró de la unión gracias a Mercurio, quien pregonaba en todo el orbe que Noche estaba embarazada. Que cargaba en su vientre un fruto solar. La furia del firmamento desató una tormenta eléctrica, pues no quería ver a su ensombrecida hija más triste de lo que casi siempre estaba.

Como el patriarca celestial era partidario de la justicia, buscó al Sol para hablar seriamente con él. Y éste, con toda nobleza, pidió al Cielo la mano de su hija Noche. Una acción brillante para el beneplácito de su futuro suegro, quien en el azul de su corazón deseaba un nieto, pero jamás pensó que tal regalo viniera de la más triste de sus hijas y el más radiante de los astros.

Después de un matrimonio universal celebrado en el salón “La Eternidad”, los recién casados con ansia esperaban el nacimiento de su primogénito.

La Noche dió a luz una hermosa niña, quien abrió los ojos aluzando el espacio infinito. Su abuelo la tomó entre sus brazos y con lágrimas que provocaron una tupida lluvia, la llamó Luna.

Después del nacimiento de su hija, fue difícil para el Sol y la Noche permanecer juntos, pues cuando el jefe de la familia solar regresaba de sus labores, su noctámbula esposa siempre dormía. Y cuando Febo se marchaba a alumbrar el cosmos, apenas le alcanzaba el tiempo para darle un beso de despedida a su plenilunia hija.

La Noche y la Luna procuraban ver, hablar, convivir con la estrellita de sus vidas, pero el Sol siempre estaba ocupado en otro lado. La melancólica sombra estaba consciente de la causa; así que aceptaba la distancia del amado con negra resignación. En cambio, la pálida primogénita se sentía alejada y rechazada por su radiante padre. Tenía la terrible sensación de abandono a tal grado que empezó a padecer psicosis.

Nunca se sabía qué esperar de Luna: a veces solitaria, otras veces radiante y otras tantas misteriosa. Lo cual despertó desvelo en su nocherniega madre, quien siempre estaba presta para consolar a su lunática hija; sin embargo, ésta no dejaba de mostrar melancolía y ausencia en su mirada.

Cierta vez, Luna se sumergió en una honda depresión. Se encerró en su “cuarto” sin deseos de nada, ni de alimentarse. Deseaba “menguar” su luz hasta desaparecer. Su madre, asustada, no sabía qué hacer, y fue ésta la primera vez que buscó al Sol en su trabajo, provocando un tremendo eclipse…

Noche encontró a Sol en su hora de descanso. Oculto tras las nubes, se fumaba un cigarrillo con su amigo Marte. “Tenemos que hablar”, exclamó la apesadumbrada Noche dirigiéndose a su marido. Mientras que con lágrimas le relataba lo sucedido, su amado Febo la escuchaba atentamente.

Después de mucho dialogar, al Astro Rey le surgió una idea luminosa.La maternal sombra regresó a casa llena de júbilo y tocó a la puerta de su hija con la firme convicción de tener la solución para la melancolía lunar: Le propuso que ambas pusieran un negocio, su magnánimo padre apoyaba la idea.

Quien sabe con que artilugios logró la Noche convencer a su hija, pero ésta salió de sus aposentos y “llena” de entusiasmo puso manos a la obra. Ambas, Noche y Luna inauguraron un bar en el horizonte: jamás se imaginaron que el lugar tendría tanto éxito.

Se convirtió en un punto de reunión de miles de estrellas, las cuales acudían a titilar. Meteoritos de los cuatro rumbos del universo iban a buscar un poco de diversión. La banda “Puntos Cardinales” amenizaba siempre la convivencia astral. Tocaban melodías como “La brújula” y “Oriéntame”, las cuales pronto se convirtieron en grandes éxitos.

El mar era uno de los clientes “VIP”. A veces era divertido, pero en ocasiones tomaba demasiado “Tibu Ron”y se le subía la marea, entonces causaba tremendo alboroto. Luna se veía a obligada a llamar a Neptuno para que se lo llevara a descansar.

Y bueno, es en este antro donde Amor y Razón se conocieron. Ojalá este encuentro hubiera sido mas romántico que el del Sol y la Noche, pero sólo la Vida podrá juzgar, yo solo relato lo que escuché de las Diosas y los Dioses.

Resulta que Razón siendo mucho mayor en edad que Amor, nunca salía a divertirse, prefería quedarse en su casa gris leyendo y practicando las Bellas Artes. Para nada le interesaba bailar o embriagarse. Cosas a su parecer demasiado absurdas y fútiles.

En cambio Amor, era un adolescente encantador, curioso, aventurero, siempre en busca de novedades.

Fue un momento extraño, de esos fabricados por el azar, en que la Razón se sintió atraída hacia aquel bar en el confín del universo. Nunca se imaginó encontrarse con Amor…

La reflexiva Razón estaba sentada frente a la barra en un banquito de birlocha. Las estrellas fugaces bailaban. La música ensordecía los oídos de Razón, quien se sintió tan agobiada por la muchedumbre y decidió beber para calmarse. Ordenó una “Idea en la Rocas” y tomó asiento dando la espalda a la fiesta. Traía una cara de aburrición que daban ganas de lanzarla del lugar por aguafiestas. Ni los Meteoritos, generalmente de esencia pesada, estaban tan aburridos.

Nuestra amiga Razón, de lentes y cabello relamido le daba sorbos a la bebida haciendo gestos al degustar el sabor. Quizás estaba tratando de descubrir cada uno de los ingredientes del brebaje. Se preguntaba cómo y por qué se había animado a ir a ese antro de mala muerte por demás caótico, absurdo e insoportablemente ruidoso.

En ese instante, sus pensamientos fueron interrumpidos de manera abrupta por los gritos de un torpe mozalbete que pedía al barman una copa de “Damiana”. El fulano al caercarse a la barra, accidentalmente dio un puntapié a la Razón, la cual, molesta, mostró un gesto de apatía.

El alegre mozo dijo: “Pido disculpas, bella dama”, pero la Razón dejando su usual amabilidad, torciendo la boca contestó: “¡Tarado!”. A lo que el joven respondió: “No, mi nombre es Amor” y se inclinó para darle un beso en la mejilla.

A estas alturas ella echaba lumbre del coraje, pero el mareado Amor interpretó sus gestos como señales de conquista. Seguro esa mujer le coqueteaba, pensó. No le extrañaba, pues siempre causaba ese efecto. Así que pese a los rudos argumentos de la Razón para apartarlo de su vista, el Amor se le pegaba con insistencia.

Se sentó junto a ella a conversar. Viendo las circunstancias, la Razón por educada, decidió soportar al Amor con su cara de idiota. Comenzó a tomar rápidamente, como tratando de sacar fuerza de voluntad en alcohol.

Ella siempre media las cosas, sabia hasta donde dejar de tomar. Pero esta vez estaba sedienta y padecía una sequedad en la garganta a causa de dialogar con quienes la solicitaran; además estaba de mal humor.

Unas copitas después, el Amor era su amigo, su hermano, su padre y hasta su madre, pues en verdad era apuesto aquél mozuelo llamado Amor. Ambos decidieron ir a la pista, donde bailaron y hasta cantaron karaoke. Mas aquí entre nosotros, la Razón tiene dos pies izquierdos, además es terriblemente desafinada. Algo que al joven Amor no le importó. Es más, ni cuenta se dio; menos después de varias botellas de “Damiana”, cuando ya nadie piensa, ni siquiera la Razón.

El par de hermosos jóvenes caminaban entre luces tomados de la mano cuando salieron de “Horizonte” y se dirigieron a casa de Amor. Fue lo único que recordaba la lógica muchacha de lentes y pelo relamido cuando fue atropellada por la luz del día. Una cefalea chapoteaba en su cerebro disolviendo su mirada. Fuego recorrió sus venas al ver que llegaba el Amor con el desayuno preparado. Entonces ella se supo desnuda en el lecho del atrevido muchacho.

Se levantó del tálamo, pero antes tuvo que romper cadenas que la ataban a la almohada. Con la mayor frialdad del mundo y agarrándose la cabeza gritaba que había sido un error; entonces salió huyendo por la ventana, jurando no mencionar jamás el asqueroso incidente.

La Razón deseo morir cuando después se enteró que llevaba en su vientre el fruto del Amor. Decidió dar a luz en secreto, sin importarle lo que pensara el Amor. Con el Dr. Neptuno como testigo, la adolorida Razón concibió su primogénito llamándolo Hombre.

Al principio ella y su hijo vivían en Orion, todo era dicha para ella y su hijo. Pero al pasar el tiempo el hombre comenzó a hacer preguntas acerca de su padre. Ella respondía con evasivas, con sarcasmo, con dudas; mas tarde o temprano, Hombre sintió imperante necesidad de conocer su origen. La práctica madre lo reprendía fuertemente, pues nunca le diría quién era su padre. Sin querer, cada vez más entristecía a su hijo, quien anidaba un enorme vacío en el corazón.

Cierta vez Hombre salió a caminar para despejar la melancolía que le enfermaba. En su jornada decidió descansar en la Tierra. Se sentó en una roca y por primera vez lloró de soledad. Anhelaba conocer a su padre, pero sólo surgían cuestiones sobre cuestiones. Sentía una rasgadura en el pecho que su madre jamás podría sanar.

Noche, silente, observaba lo ocurrido. Sintió compasión en lo más oscuro de sus entrañas. Por lo que le pidió a su hija Luna que iluminara al hombre para que pudiera ver a la Sra. Sabiduría, quien en forma de búho pasaba detrás de él. Fue ella quien con sus grandes alas lo cobijó, confesándole que su padre se llamaba Amor y estaba esperándolo con los brazos abiertos. Y él también anhelaba encontrarse con su hijo.

En ese instante un enviado de su madre la Razón, apareció para decirle que ella estaba sumamente enferma, preocupada por su hijo; si decidía conocer a su padre ella moriría. Debía decidir entre su madre, Razón y su padre, Amor. El nombre del mensajero es Temor.

La sabiduría intentó convencer a Hombre de que ambos podían ser amados por igual, aunque al adoptarlos conjuntamente parezca surgir el caos, finalmente los padres bendicen a su hijo por igual.

Pero el hombre no escuchaba a Sabiduría, el miedo de perder a su madre logró que el Hombre dejara de buscar a su padre. Pero Luna decidió ayudar a Hombre; nadie como ella entendía de soledad. Luna sin su padre Sol, sólo seria una roca gris con agujeros; tal como el hombre sentía los huesos.

La pálida dama mandó un rayo que, al tocar la tierra, se convirtió en un alcatraz. De sus pétalos surgió una ninfa por nombre Mujer, con la misión de iluminar el camino de Hombre en su encuentro con Amor. Una epifanía de cabellos largos para el hijo de la Razón. Por desgracia las cosas no resultaron simples.

¡Ay olvido! ¿Por que también la Mujer olvidó quién es? ¿Acaso la Razón es mas fuerte? Mujer, estas en la tierra en bien del Amor y preferiste vencerte ante las necedades del Hombre. Cuánta tristeza debe sentir la Luna al ver a su hija opacada, silenciosa, sumisa. Tapando su desnudez con vergüenza. Dejándose llevar entre juegos mentales del Hombre quien somete, castiga y teme al Amor.

Mujer, ¿Qué no sabes que tienes la fuerza del abuelo Sol? El Amor es tu aliado, es a él a quien debes respeto.

Hombre, ¿Acaso olvidaste que tu padre es Amor y Razón te hereda el poder, mas no la fuerza?

Quizá por eso en noches de mucha aflicción, cuando el vacío se torna insufrible. Hombre y Mujer alzan sus rostros y con ojos llorosos contemplan a Luna. Le cantan, le hacen poemas, como buscando una oscura verdad.

Imploramos al destino que interceda para que la hija Luna y el hijo de la Razón aprendan a reconocerse a si mismos. Para que Razón y amor sean un dúo en la búsqueda de la felicidad. Hijas Luna que brillen hermosas por muy oscura que sea la noche y apoyen al Hombre en su búsqueda milenaria.

La Luna sigue gritando sin ser escuchada y la Sabiduría y la Razón continúan inadvertidas.

Sólo habrá hijos felices cuando honren a sus Padres. Que el hombre se reconozca como Amor y la Mujer como un ser de Luz. Dos felices comensales en el bufete de la Vida.


Daniela Sánchez González

Melodía submarina.


Margot, nombre de la bella señorita con un final no precisamente digno de llamarse “feliz”. Una dulce quinceañera cuyos ojos parecían haber sido cambiados por turquesas, además poseía una piel blanca y tersa, y su cabello negro y largo caía en unos delicados rizos.
Era otoño, y las hojas de los arboles tapizaban el piso y lo hacían ver con matices cálidos. Margot se internaba cada vez más en el bosque con la intención de llegar al río, y ahí sentarse a leer poesía. Iba acompañada de su perro, un lindo cachorrito blanco como la nieve, y caminaba tranquilamente tarareando hermosas melodías. Las hojas gemían al ser destruidas a su paso.
Cuando por fin llegó a su destino y vio que su perro caminaba de regreso a casa, se sentó junto al agua, y comenzó a leer acompañada solamente de su sombra, o al menos eso creía. Un par de ojos en los cuales la malicia estaba en su auge la observaban con atención escondidos por las hojas de un arbusto.
La lectura terminó, y Margot se disponía a levantarse cuando escuchó una voz seca y astuta dirigiéndose a ella.
-Pero qué hace sola una niña tan joven en este boque- inquirió el niño con cabellos de rayos de sol.
-Yo vengo a leer aquí seguido, ¿y tú quien eres?- preguntó Margot desconfiada.
-Mi nombre es Daniel, y sólo soy un muchacho que está a tus servicios- contestó el l extraño con una reverencia llena de gracia, dejando así al descubierto sus buenos modales, y con ello ganó la impresión de Margot.
-Bueno muchas gracias, eres muy amable- afirmó la joven.
-¿Quieres dar un paseo conmigo por el bosque?, vamos, cuando terminemos te acompañare a tu casa si gustas, para así cuidarte del peligro-propuso Daniel con ternura.
-Está bien, suena divertido- expresó la niña.

Al caminar Margot descubrió en aquél joven a una persona muy inteligente, elegante y caballerosa. Lo único que veía en Daniel eran cualidades. Se enamoró en poco tiempo y sus palabras le parecían la más bella música.
Todo hubiera sido como en un cuento de hadas, pero el chasquido de los dedos de Daniel fue el comienzo de la tragedia de Margot, porque cuando esto sucedió el joven tomó su verdadera forma: la de un Pulkri. Si no sabes qué es un Pulkri, sólo puedo decirte que es una especie de duende, el cual originalmente tiene rosas con un perfume hermoso en la cabeza, y en ocasiones otras flores brotan en vez de su cabello. Pero como este Pulkri había sido exiliado, su cabello se había repudiado ante la tristeza, y cobrado así apariencia de moho.
-Lo siento Margot, pero me veo en la penosa necesidad de raptarte.- expresó el feo ser.
-Pero, qué rayos eres- preguntó Margot.
El Pulkri no contestó nada, y tan veloz como un leopardo logró sacar un costal y meter en él a Margot, quien no dejaba de gritar pidiendo auxilio, unos gritos vanos porque ya estaban muy adentro del bosque y nadie pasaba por ahí.
El Pulkri caminó un largo tramo, tan prolongado fue el camino que la noche lo envolvió cuando llegó a su hogar: una cueva oscura, húmeda y con un piso mullido.
La horrible criatura sólo había capturado a Margot porque estaba en deuda con un sátiro, con el cual tenía una deuda, consistente en un a valiosa flauta que el Pulkri l había perdido, y de no regresársela lo mataría. El Pulkri era de manos torpes y jamás pudo fabricar una flauta igual; por eso recurrió a la magia. Pero para poder hacer una flauta por medios sobrenaturales, debía ser construida a base del alma de un ser humano, que se encontraba en el núcleo del corazón. Y era la razón por la que ahora afilaba el hacha, y se dirigía hacia Margot con intenciones terribles.
Un suspiro cálido fue el último indicador de la agonía de Margot; después el filo del hacha la atravesó. Esa misma noche el malicioso ser logró obtener la flauta más bella, la cual producía un sonido igual a voces angelicales que despedían los colores del arcoíris. Ese canto de colores era el único recuerdo de Margot.
Al día siguiente el Pulkri entregó la flauta al sátiro y un apretón de manos entre ambas criaturas indicó el fin de la deuda.
Esa misma noche el Pulkri salió a recoger leña y se encontró con una desagradable sorpresa: el sátiro estaba ahí con una lanza, una guitarra y un semblante feroz.
-¿Me tomas por tonto? Pues no lo soy, es muy lógico, una flauta y una guitarra no son lo mismo- dijo el sátiro muy enojado.
-¿De que me hablas?- inquirió el Pulkri ignorante de los hechos.
-Esta cosa a la que vilmente te has dignado llamar flauta se convierte en guitarra antes del crepúsculo -respondió el sátiro.
-No entiendo, seguí bien las instrucciones, esto no debería estar pasando. Dame tiempo y te daré otra flauta bien hecha -prometió el Pulkri.
-Si te vuelves a burlar de mí te pasó esta lanza por el cuello, y dile adiós a tu despreciable vida. No te quiero volver a ver por aquí hasta traerme una verdadera flauta -sentenció el sátiro.
-Así será señor.- prometió el Pulkri con voz temblorosa.

El sátiro esperó hasta ver alejarse al Pulkri. Entonces lo siguió a su casa para cerciorarse de que cumpliera lo acordado. Por el camino pasó por el mismo río donde Margot se sentaba a leer poesía; sin pensarlo dos veces el sátiro dejó caer el instrumento dentro de las aguas del ríos, más este quedó atorado en la orilla entre unas rocas.
Antes del crepúsculo la flauta va tomando forma de guitarra, y al cabo de unas horas la silueta del instrumento de cuerdas se parece cada vez más al cuerpo de una joven alguna vez llamada Margot, pero seguramente si ahora alguien le pregunta su nombre dirá también el nombre de su asesino y ladrón de su perro, el cual rondando por el río todos los días de la eternidad, antes de ponerse el sol, y durante toda la noche, ladra melódicamente en dirección al río, de donde proviene una música hermosa acompañante del canto de la mascota.
Cuidado, el Pulkri aun no hace su flauta, y si alguna vez vas al bosque y sientes un par de ojos observándote, es mejor que huyas porque tener al Pulkri detrás es igual a tener la muerte esperándote en tu casa.

No llores estrella


Desiré estaba escondida detrás de los árboles frondosos del bosque, situado alrededor de su castillo, y la oscuridad era otro factor de ayuda para que ella lograra pasar desapercibida. El motivo de estar oculta era la rutina de cada domingo por la noche: espiar a David, un jovencito de rasgos finos, cabello negro lacio y ojos bañados en el misterio. Desiré estaba enamorada de aquel muchacho, pero sufría porque no era correspondida. Sin embargo, llevaba dos años espiándolo al joven y en ocasiones lo había escuchado hablar solo, por lo menos fue la impresión de Desiré al presenciar a David en el medio del bosque sentado, hablando, aparentemente con nadie. Con los años la sabiduría acompañó a Desiré respecto al comportamiento del joven quien fue creciendo. Así, un día comprendió lo siguiente: David no era afín a entablar conversaciones consigo mismo; la conversación amorosa y tierna en aparente soledad, iba tenían como destinataria a la bella durmiente del cielo, “la brillante luna” cuya belleza no era opacada ni por la estrella más brillante. Desiré tuvo celos de la luna y la llegó a sentirla su rival, pues le había ganado la atención de los ojos más nobles del mundo. El ansia despertada en Desiré por la indiferencia de David se fue haciendo insoportable, y el comportamiento de la enamorada se tornó depresivo; sus padres no tenían idea de qué estaba pasando con ella. Lamentablemente Mara, el hada residente del bosque, estaba enterada de las penas de Desiré, pues se encargaba de seguir a la joven cuando esta se disponía a espiar a David. Mara no precisamente tenía un buen corazón, y como ya llevaba varios siglos viviendo en la tierra, le encantaba mofarse de las tonterías que los humanos hacían al estar bajo la magia de Cupido.
Un domingo, después de que Desiré ya no estaba vigilando al joven, Mara se acercó sigilosamente hacia David.
-¿Qué tanto le ves a la luna? –preguntó el hada con voz seductora.
-¡Por Dios! Hubiera jurado la inexistencia de la hadas, pero en adelante ya no podré llamar mito a las cosas dichas por la gente acerca de criaturas mágicas, a menos que quiera convertirme en un mentiroso.- gritó David muy emocionado.
-Humanos tontos, ninguno es capaz de creer en cosas hasta haberlas visto. Bueno, no importa, pero por favor responde mi pregunta acerca de tu amor por la luna -insistió Mara.
-Simplemente me encanta, pero no tengo una razón específica para observarla tanto. Tal vez es el misterio emitido por su luz lo que me tiene como bajo un hechizo. Deseo con todo mi corazón poder subir a ella y apreciarla de cerca -afirmó el niño con la mirada perdida en el cielo.
-Pues tu deseo no es tan ilógico; de hecho tengo una fórmula para logar tu ilusión…
-Te lo ruego, dímela -pidió David ansioso.
-Pero implica hacer algo malo, por eso no creo que seas capaz de cumplir con la tarea necesaria para lograr tu cometido -advirtió el hada fingiendo una voz de resignación.
-Vamos, nada que me lleve a la luna puede ser tan malo como dices
-expresó David.
-Está bien, te lo diré: para ir a la luna es necesario construir unas escaleras…-
-Suena fácil -interrumpió David.
-Créeme, fabricar unas escaleras tan largas como para llevarte al cielo no es sencillo, pero lo será si esas escaleras se construyen usando la magia, yo te ayudaré con las cuestiones en donde ésta sea necesaria, pero ciertos materiales son indispensables, y tú me los habrás de proporcionar -explicó Mara.
-Sólo indícame cuáles cosas necesitas y te las daré -prometió David.
-Debes recolectar lágrimas amorosas aquí -dijo el hada mostrándole al joven un frasco transparente.
-¿Cómo? ¿Lágrimas amorosas? -inquirió David con un gesto de extrañeza.
-Así es. En otras palabras, haz llorar a la princesa del castillo en donde vives: a Desiré. Ella está enamorada de ti, por si no te habías dado cuenta
-aclaró Mara.
-Pero, Desiré es mi amiga, y no sé si puedo hacerle eso -dijo David indeciso.
-Pues la escalera hacia la luna sólo se hace con lágrimas de amor. Deberás elegir entre Desiré y la Luna. Si recolectas las gotas de tristeza, tráemelas y te ayudaré para lograr tu deseo.
Esas fueron las últimas palabras dichas por el hada, dejando en David un sentimiento de temor, culpa y ambición. Aunque al principio al joven le pareció difícil decidir qué hacer, en el transcurso del camino del bosque hacia el castillo, se dijo a si mismo “no puedo desaprovechar esta oportunidad”.
Durante los días siguientes, David estuvo hablando mucho con Desiré, y ya no lo hacía solamente en tono amistoso, ahora tenía intenciones amorosas. Casi todos los días el joven confesaba su amor a la dama, y le decía cuán maravillosa era; ella sólo le respondía con besos inocentes en sus suaves mejillas.
Toda la semana fue fantástica para Desiré, pero al llegar la noche del domingo en el bosque, el desalmado de David desmintió todo lo dicho respecto al supuesto amor que sentía por ella. La princesa sintió un mar desbordándose por sus ojos, los cuales dijeron al joven cuán malo era, y después Desiré le dio la espalda y corrió a su habitación.
Cuando David dejó de escuchar los pasos y gemidos de la desdichada, se agachó al piso lentamente y recogió una a una las lágrimas más cristalinas de Desiré; además eran puras e inocentes. Se aseguró de no dejar ninguna, y las metió en el frasco facilitado para ello. Esperó unos minutos; de pronto escuchó la voz maliciosa del hada.
-Lo hiciste. Ya tenemos los materiales; ahora yo me encargo del resto
-dijo Mara al tiempo que arrebataba el frasco a David.
El hada alzó las manos intentando acariciar el cielo y mojó sus manos con las lágrimas. A continuación se sacudió las gotitas, y fue entonces cuando los escalones aparecieron poco a poco. Parecían hechos de cristal, y la luz lunar se reflejaba en ellos.
David no podía despegar la mirada de aquella maravillosa escalera; sintió un extraño escalofrío y fue esto el que lo impulsó a subir. Tardó un tiempo desconocido en llegar a su destino. Una vez allí, se decepcionó, pues descubrió una luna con luz impropia arrebatada al sol. El sol era hermoso, y estaba muy cerca, un salto bastaría para llegar a aquel astro. David no se resistió y saltó. No sintió la más mínima quemadura, pero hasta ahora se arrepiente de haber saltado, pues desde entonces no ha vuelto a su hogar. El niño se pregunta por qué tiene la sensación de no poseer cuerpo, de brillar demasiado, y de estar suspendido en un oscuro universo alejado de la tierra, y siendo ignorado por todos con los que intenta hablar. Han pasado muchos siglos desde que David vio a Desiré por última vez con la cabeza apoyada en la ventana de su castillo buscando algo en el cielo. Él se pasa el tiempo reflexionando el porqué, cuando observa a la princesa, ella también lo mira y le pide que le ayude a recuperar a su amado, que lo busque en la tierra con su brillante luz. David sólo se concreta a llorar por esa joven de la que en realidad, siempre estuvo enamorado.


Ejecución reflejada


Voltea desde el cielo mi mano
y percibe los gritos de tu malicia volando al precipicio,
que con sangre pintaste en la aurora
Tu alma ya no danza al ritmo de la verdad.

Las montañas durmientes en el firmamento
se alteran al acariciar el réquiem de mis cabellos,
presagio de que serás verdugo de mi sombra
flor que absorbe las estrellas de mi sonrisa

Hacías cosquillas al horizonte con gotas de rocío
Ahora sólo esculpes tu dolor
Escapó la plata y oro que germinaba en tu desconsuelo
haciendo visible el musgo que murmura en tus pestañas

Eres recuerdo de besos escuchando deseos en la piel,
de perlas saltando encima de tu pupila,
de corazones vislumbrando el atardecer,
de mi color que se evapore hacia la oscuridad

Ahora mis cenizas sollozan desbordantes de tibieza,
sobre mis ojos duermen las arrugas del amor,
me derrito encima de las rosas de aquel invierno,
Y mis lágrimas escurren por la falda de la montaña
que conoció nuestro amor

A tu mirada corren escalofríos
el reflector de tu alma se resiste a tu presencia
y tu propia luz te corta con su filo
porque en tu interior se esculpen telarañas de sangre


Tu boca dibujó en mi frente cuadros engañosos
y sentí el sol como mi jinete verdugo
Pero dos alas de oro serán regaladas a la paz
Y seré piedra brillante recitando versos en el cielo.

Brotará con plumas un camino entre las aguas,
Los colores van a especular sobre las hojas,
Y veré el mar desbordándose hacia al cielo
cuando la música regrese para envolver mi sonrisa.