Circulo primario
“Me acuerdo de sus ojos magenta, de sus manos llanas, de sus piernas de algodón.
Tenia los ojos llenos de dudas, cuando lo miraba lentamente, cuando le hacia el amor…
Y las manos, eran pedacitos de cielo virgen para un pecador como yo…
Y temblequeaba entre mis labios, cuando sosegado, regalaba esa estadía casi perpetua de su miembro en mi boca…”
Noté el tintineo en sus muñecas cautivas, conjuntas al consumo del sorbo de café, disgustándolo pausadamente, como si la leche fuera de otra clase, lo miré bajo mis lentes, tratando de sustraer una realidad palpable.
- ¿No se siente arrepentido? – le pregunté
Sonrió ironizado.
“Me miraba con sus ojillos servíos, y sumiso traía hasta mí las suaves sábanas con las que ataba sus manos; era una delirio el morarlo, con sus pequeños shorts y ese enorme delantal lavando los platos…
Me enloquecía mirarlo.
A veces me descubría y esbozaba una sonrisa inocente… fue ahí cuando lo descubrí en el reflejo de la sartén recién lavada, cómo hacia para provocarme, su sonrisa casi maligna en un niño de doce años.
Me había tomado el pelo todos esos años, cuando restregaba sus nalguitas desnudas sobre la tela de mi entrepierna, y sus risillas infantiles, casi nerviosas, al escuchar el sonido de mi saliva irrumpiendo por la manzana de Adán, al secarlo con la toalla.
Y me figuraba que su madre mentía, cuando decía que “de tal padre tal hijo”.
Ella las había encontrado…”
Hizo una larga pausa y me miró a los ojos, tomó su taza de café, lentamente, como quien no tiene mayor cosa que hacer. Le observé detenidamente buscando un mínimo de duda en sus ojos, el brillo de la tarde se reflejo en ellos, filtrándose entre los barrotes de la ventana de la celda.
“…Cuando éramos novios – sonrió a sus adentros –mis revistas con hombres desnudos las ocultaba ese afiche con el hombre erecto traspasándose en látex, oculto con la carrocería alemana…
Aún así, se casó conmigo…
Creí que no lo sabía, que su inocencia la había llevado al matrimonio, que tomaba en serio su anillo de pureza, que entendía por qué había conservado el mío…
Al principio… - y sus ojos se disiparon por la ventana, en el ave que graznaba al momento - pero nadie es tan pulcro…. –sonrió nuevamente– finalmente tuvimos que hacerlo, el llamado a Paris, con la cigüeña en turno, para acallar las voces, para resoplar los regaños…
Fingimos que era la primera vez, la primera vez que ella recibía un varón, la primera vez que yo me acostaba con alguien.
Fue así de raro, así de sinuoso el asunto, terminó cuando eyaculé dentro de ella, con su ‘bájate’…
Tuvimos suerte –sonrió de nuevo– ella encargó con la primera eyaculada, ¡hasta pensé que no era mío!
Pero, al tenerlo por primera vez en los brazos, supe que estaría enteramente enamorado de ese pedacito de cielo”.
-Que lo amaría -repliqué
Sonrió sin prisa y miró el fondo de la taza, luego a mí. Levantó la mano al hombre en la puerta enrejada, éste se apresuró a servir más café.
- Para mi sólo agua, gracias. –Completé
Y quedé pensando, sus motivos, sus razones, las necesidades de un pecado tan aberrante.
Miró el café, como no queriendo la cosa, y lo sopló, esperando que el vapor se despejara un poco, agregó un tanto más de azúcar, mas no porque la necesitara.
“Es irrelevante preocuparse por la diabetes –respondió a mi mirada inquisidora- Ella se fue un día, sin avisar, sin explicación alguna.
-Continuó- Llegaba yo tarde del trabajo, las luces apagadas y el olor vacuo era cotidiano en el hogar. La llamada me alertó, el niño seguía en la escuela.
Al llegar por él tenia el ojo morado, fue un desgarrarme el alma; enfurecido, trate de abrazarlo, pero la quejosa mujer lo impidió…
Algo de suspenderlo…
Supongo que ahí fue el comienzo. -y sus ojos parecían inmersos en el pasado- La primera vez que restregó su cuerpecito y me mintió descaradamente.
Lo supe, siempre lo supe, que había sido él, pero quise creerle, fingir que todo estaba bien, que se le pasaría, que es el daño emocional…
Durante cuatro años, aguantando, sosegando mi necesidad impetuosa de saltarle encima…
Alguna vez lo intenté, -dijo como adivinándome el pensamiento– Salí con una mujer o dos para conseguirle una madre, para regalarle un hogar, pero él me lo impidió, ‘solos estamos nosotros mejor’ me dijo…
Me dejó desarmado…
Recuerdo que se bañaba desnudo en la alberquita de plástico sobre la hierba del jardín posterior, y movía su trasero como abejita zumbando mientras yo lo devoraba con la mirada, y disimulaba con el cigarro en los labios…
Ahora entiendo que era intencionado, que sabía cómo incitar, cómo provocar mi libido acumulada…
Al principio no lo percibí, cómo suspicazmente me impidió visitas, ver o follar a personas aparte de él…
Supongo que era más fácil…
Lo tenía todo de primera mano, el par de veces que salí, con el pretexto del miedo o la niñera malvada…
Lo tenía metido por los ojos…
Aún puedo vislumbrarlo, su piel de terciopelo blanquecino, sus ojillos llorosos cuando me pedía que entrara en él…
Era una masa aguada en sus manos…
Tanto en la cama como en la economía…
Siempre este juguete nuevo, siempre aquel viaje extra…
Siempre que pudiera tenerle, no me interesaba nada más en la vida…
Y entonces aparecieron, esa gente chismosa y metida que a nadie gusta. Se empezó a hacer difícil disimular cuando se me restregaba por el cuerpo antes de abrir la puerta.
Fue cuando nos mudamos, gente desconocida que nada le importa: la cuidad.
Colegios privados donde el cheque vale más que el niño.
Mis ojos ya estaba sosegados y mi voluntad en jirones, poseerlo era cosa de todo y follarle mi existencia…
No lo noté…-Y su voz se fue haciendo un murmullo- No me fijé en qué momento se me escapó de las manos, hasta que era demasiado tarde…
Sus ojitos ya poseían los de otros…
Le aguanté por un tiempo que sus nalguitas se restregaran sigilosas sobre otras manos, sobre otros hombres…”
Y entonces calló; sus ojos se humedecieron y su rostro un dejo de tristeza casi apacible. Se escucharon los murmullos, la gente y el acomodar de sillas. El paso casi indecoroso del tiempo.
El llamado de la puerta, el sonido de la cadena en cada uno de sus pasos al cadalso; la inyección letal.
Al salir, me pregunté qué podía haberle pasado, cómo había llegado a esos extremos; mientras pensaba, la lluvia caía sobre mis hombros. Entonces los ojos magenta alcanzaron mis pasos, refugiándose sin miramientos bajo mi saco.
- ¿Tu siempre me cuidaras, verdad..? – musito tentador
Fue ahí cuando lo descubrí…
lunes, 3 de mayo de 2010
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